Bruno Pardo Porto, periodista y poeta: “Antes me interesaba más el fuego artificial en un poema y ahora más la luz”

Bruno Pardo Porto, periodista y poeta: “Antes me interesaba más el fuego artificial en un poema y ahora más la luz”

El otoño ha teñido Madrid de gris y cobre, y la lluvia dibuja en los cristales mapas de recuerdos. En el Café Viena, entre tazas que humean y el murmullo discreto de otros comensales, el periodista cultural y columnista de “ABC” Bruno Pardo Porto (O Grove, Pontevedra, 1992) se sienta al otro lado de la silla. Muchos lo conocen por sus entrevistas, pero hoy es él quien deja que las palabras lo atraviesen. 

Su primer poemario, “El rumor de las cenizas” (Reino de Cordelia, 2025), obra ganadora del XXXI Premio de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad, surge de años de poemas que fueron acumulando fuego y silencio, explorando lo que queda cuando todo se apaga. En esta larga charla habla de la ceniza como símbolo del dolor que deja huellas fértiles y de la memoria que se desdibuja y se reconstruye, de la poesía que escucha más de lo que dice, y de cómo escribir es, al final, una forma de mirar la vida con todos los sentidos despiertos. Cada verso suyo es un eco: un rumor que invita a acercarse y escuchar lo que aún palpita bajo las cenizas del tiempo.

PREGUNTA:- ¿Cuál fue el punto de partida o el detonante que te llevó a escribir “El rumor de la ceniza”?

RESPUESTA:- Nació y mutó como si fuera un escrito. El poema más antiguo puede tener igual siete u ocho años. Es el resultado de ir escribiendo durante muchos años y luego descubrir que hay algo que une esos poemas y darle forma. Es decir, buscar las estructuras del libro. El punto de partida me imagino que será el mismo de toda la poesía: las ganas y la necesidad de escribir. Pero no creo que haya un detonante. Todo lo que hay de autobiográfico sucedió hace tantos años que en realidad no es un detonante, sino una cosa inevitable. Te puedo decir que es la muerte de algún ser querido, pero es que sucedió cuando era un niño todavía. Los libros son caprichosos, nacen porque sí, y de hecho hay muchas cosas del poemario que descubrí escribiendo.

P:- ¿Qué significa para ti el título? ¿Por qué “ceniza”?

R:- Hay una respuesta elevada y una respuesta de verdad [ríe].

P:- ¿Y si combinamos la verdadera con la elevada…?

R:- A mí me interesa la ceniza como símbolo y uno de los poetas que más me han marcado ha sido Valente. El primer poema del primer libro de Valente habla de la ceniza, que por otro lado es un elemento constante en la historia de la poesía española. Me gusta mucho ese poema porque trata de lo que es intentar buscar la vida que queda en la que has perdido y de la inevitabilidad del paso del tiempo. Hay algo trágico, pero a la vez algo hermoso en eso. El de Valente conecta con el de Quevedo: “serán ceniza, mas tendrá sentido”. Seguro que nos podemos ir un poco más atrás y acabar en el primer libro de la historia de la humanidad. Esa es la parte más elevada del título. Pero, por otro lado, también hay un punto en el que a mí me gusta fumar. Cuando fumas, la ceniza es una cosa cotidiana para ti. No vamos a hacer aquí una campaña pro-tabaco, porque nos cancela el libro el Ministerio de Sanidad y con razón [entre carcajadas], pero es verdad que la gente que fuma es gente que espera, que piensa, que habla consigo misma. En un mundo donde todo es ruido y donde la gente está constantemente mirando el móvil, normalmente los fumadores no están mirándolo; están en silencio. Fumar te sumerge en un estado de introspección. Y, de hecho, creo que por eso hay tanta gente que es incapaz de escribir sin fumar y de sentarse en una terraza a leer y no fumar. 

P:- En tu poemario aparece una idea circular: cuando solo quedan cenizas, aún es posible reavivar el fuego que alguna vez fue. ¿Crees que cuando algo se apaga, las cenizas pueden volver a arder? 

R:- No, no, no lo creo. De hecho, el libro se llama “El rumor de la ceniza” porque si no sería “El fuego de la ceniza”. La ceniza deja un rumor: para escucharlo hay que pegar la oreja a una grieta y sentirlo como un eco lejano venido de otro mundo. Es interesante porque ese rumor cuenta cosas, pero es interesante precisamente porque estas no vuelven, porque si volvieran, volverían como Frankenstein.

P:-¿Cómo cambió tu escritura durante el proceso de creación del libro?

R:- Es verdad que muchos poemas los he reescrito o retocado. Aunque hay algunos que no y están tal cual nacieron porque puedes matar un poema intentando retocarlo demasiado. Creo que mi escritura ha cambiado bastante. Por ejemplo, me preocupa más la métrica ahora que antes. Ahora tengo más herramientas para conseguir el ritmo cuando no lo encuentro de forma intuitiva y natural. Ahora también, por ejemplo, me interesan mucho los paisajes. Dejar que hablen los paisajes, que es algo que está en el poemario, pero de otra forma. En los nuevos poemas me interesa la estampa. Antes me interesaba más el fuego artificial y ahora me interesa más la luz.

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P:- En tu poemario hay dolor. ¿Crees que el dolor nos educa de alguna manera? 

R:- Sí, supongo que nos educa, pero como nos educa también la alegría. Es decir, creo que lo que nos enseña es la pérdida más que el dolor. No me gusta el mensaje positivo del dolor porque puedes sufrir terriblemente y no aprender nada. Hay dolores que no enseñan nada y hay otros que sí. Por ejemplo, mi abuela tenía unos dolores terroríficos del nervio trigémino, que es un nervio que está en la cara y es de los dolores más horrorosos del mundo y no creo que aprendiera nada de ese dolor. Por eso digo que se aprende más de la pérdida. No entiendo mi vida ni mi biografía sin la pérdida de mis dos abuelos que murieron muy jóvenes. Esas pérdidas, que evidentemente duelen, cuando pasa el tiempo, te forman y te conforman. Pero el dolor no siempre es un maestro. El dolor puede ser simplemente un acto gratuito de la naturaleza.

P:- Vamos a hablar de algo más alegre, ya que has dicho que la alegría también nos educa. ¿Qué es la poesía para ti? 

R:-¿Qué es la poesía para mí? Tú me lo preguntas [ríe]. No sé si tengo una clara definición ni sé dar una definición académica. Una vez me preguntaron si la poesía era un acto de comunicación y yo dije que “si es un acto de comunicación, es el más íntimo y a lo mejor es el acto de comunicación de algo invisible que te tiene susurrando en el oído”. La poesía para mí es una forma intensa de mirar la realidad y de buscar las palabras. Es quizás una forma de escribir con la creencia de que las palabras significan lo que significan y también la música que evocan y las texturas y los colores… es decir, explorar todas las dimensiones de la palabra. Eso es lo que me interesa a mí de la poesía.

P:- Ahora que te has iniciado en el columnismo, ¿crees que uno escribe columnas mejor si ha leído poesía?

R:- Creo que uno escribe mejor en general si lee poesía. Hay una relación con el lenguaje que estableces cuando lees un poema y cuando te lo aprendes de memoria. Empiezas a descubrir que dentro del poema había un mundo y que tú no estabas accediendo a él cuando lo leías por primera vez. Hay un poema de Roberto Juarroz que dice que en el centro de la fiesta hay un vacío y en el centro del vacío hay otra fiesta. Esto es un poco lo mismo. Con la lectura de la poesía estableces una relación con el lenguaje mucho más íntima que evidentemente te despierta cosas al escribir. Además, hay una forma de escribir columnas, que a mí me interesa, sobre todo cuando no estás escribiendo una columna de tesis, que es la exploración de las ideas a través del lenguaje. Es decir, sentarte a escribir y ver a dónde te está llevando la música del lenguaje. A veces te lleva a sitios con los que no tienes por qué estar de acuerdo. Pero son sitios a los que solo se puede acceder si vas de la mano de las palabras y el sonido que producen las palabras cuando chocan y vas siguiendo ese rastro como un explorador perdido en la selva amazónica.

P:- El poemario aborda la memoria y olvido. ¿Qué te interesa sobre estos temas? 

R:- Somos el cóctel perfecto de memoria y olvido: un recuerdo es una ficción que creemos real pero que en el fondo, en algún momento, sabemos que simplemente se parece a la realidad, como un retrato retocado. Depende de quién lo haya pintado y en qué estado de ánimo. Se parece, evidentemente. Hay una verdad ahí pero no es una verdad literal, sino literaria. La memoria es una cosa que me preocupa desde hace muchísimo. Siempre me ha preocupado una cosa horrorosa: cuando dejas de ver a alguien hay un momento en el que dejas de ser capaz de recordar su rostro. Eso es una cosa fascinante. Porque puedes no olvidar cosas, pero olvidas el rostro. Siempre vuelvo a la pregunta “¿por qué ya no eres capaz de cerrar los ojos y evocar un rostro?” Si eso lo rescatamos de alguna forma es con las fotografías. Entonces, en realidad, no recuerdas el rostro, recuerdas la fotografía. Eso siempre me ha interesado. Y luego, suelo pensar en cómo vamos modificando recuerdos. Es interesante cómo comentamos un recuerdo con alguien que estaba allí y se hablan de dos cosas completamente distintas. Todo acaba en una discusión muy divertida en la que parece que un sordo está discutiendo con un ciego sobre el argumento de una película.

P:- Lo que me estás diciendo de alguna manera tiene que ver con la muerte…Y en tu poemario la muerte también está muy presente.

R:- Sí. Ya no soy tan hipocondríaco ni tan nostálgico [ríe]. Pero creo que antes de escribir el libro lo era más. La muerte está presente como tema y como tono. Nunca ha sido raro para mí pensar en la muerte porque a los 14 años descubrí que la gente que quieres también se muere. 

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P:-¿Te da miedo la muerte? 

R:- Si la mía es una muerte entre terribles sufrimientos con dolor claro que me asusta. Pero si te apagas de repente, o sea, si te acuestas un día por la noche a dormir y no te levantas, tú no vas a sufrir. Van a sufrir todos los que están y eso me asusta. Me da mucho más miedo la muerte de los que quiero.

P:-¿Tienes miedo al olvido y por eso escribes? 

R:- Ya no solo es que tenga miedo a olvidar las cosas que pasaron, que también. Tengo miedo a olvidar las sensaciones que me producían las cosas que me pasaron. Tengo miedo a olvidar las sensaciones que me producían las cosas que me pasaron cuando las recordaba. Hay una cosa horrorosa cuando va pasando el tiempo y es que te vas desconociendo poco a poco.

P:- O te vas redescubriendo de otra forma. 

R:- Eso es. Pero mientras te redescubres corres el riesgo de desconocerte y olvidar quién eras hace diez años. No digo que tengas que ser la persona que eras hace diez años. Pero recordarla a veces te ayuda a entender cosas de tu vida y decisiones que tomas.

P:- En tus versos hay una musicalidad particular, casi un susurro. ¿Cómo dialoga el sonido con el silencio en este libro?

R:- No sé por qué, pero cuando escribo me imagino susurrando los poemas como si fuera una confidencia que le cuentas a alguien al que quieres mucho o a la que quieres mucho. Como esas confidencias que se hacen a altas horas de la madrugada. O sea, cuando ya no quieres despertar al vecino. Ese es un poco el tono con el que escribo. Igual que, por ejemplo, la luz que tiene el libro es la del atardecer. Es una luz más íntima donde ya las sombras no se proyectan tan definidamente. Donde ya no hace tanto calor. Donde se empieza a estar a gusto. De alguna forma el pensamiento empieza a descansar y fluye. Es una cosa que sucede, yo no busco este tono.

P:- ¿Qué poetas te han influido?

R:- Valente, sin ninguna duda. Los “poetas del verano” en general me han influido bastante. Me refiero, por ejemplo, a Brines que tiene esa luz como de atardecer, del Mediterráneo. Está Alfonso López Gradolí que también me interesa mucho. Luego hay un poeta que descubrí después de haber escrito el libro que es Ángel García López. Es un poeta que ganó el Premio Adonáis en el sesenta y algo. El primer poema del primer libro –lo leí después, no había entregado el poemario todavía pero ya estaba casi todo escrito– habla de un señor que volvía a casa y de repente se encontraba la casa como un museo de su vida rota. Entonces empieza a recorrer la casa y la vegetación había crecido por los muros y la casa de su infancia estaba absolutamente abandonada y de repente ahí acaba diciendo algo así: “y siempre será selva/ nuestra memoria”. Esa cosa de que siempre será selva nuestra memoria, como que de alguna forma en un rincón sigan vivos los recuerdos como una selva, es una imagen muy potente que no olvido y que vuelvo a ella recurrentemente. Por supuesto, Luis Rosales también. De hecho, hay un verso – “hay lágrimas más grandes que tu cuerpo”– que está puesto en cursiva que surge de un poema de Rosales. Me gusta mucho porque es un poeta al que tampoco le dan miedo los fantasmas [ríe] y “La casa encendida” es un libro esencialmente de fantasmas y me parece alucinante. Además, creo que es la perfección absoluta cómo consigue esa imagen del principio: “has llegado a tu casa y has cerrado la puerta/ con ese mismo gesto con que se tira un día”. También me gusta mucho Claudio Rodríguez y Roberto Juarroz.

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P:-¿Escribes para recordar, para comprender o para sobrevivir?

R:- Escribo para vivir más intensamente y eso implica recordar, pero podría sobrevivir perfectamente sin escribir. Sin escritura viviría más triste, pero la supervivencia es triste por lo general. Me acuerdo una vez que entrevisté a un señor de 90 años que se llamaba Alejandro Nieto, que murió hace poco y había escrito toda la vida. Me decía, “yo pensaba que no podía vivir sin escribir, pero me han operado de catarata y llevo seis meses sin escribir y la verdad es que he descubierto, para mi desgracia, que se puede vivir sin escribir”. Yo también lo creo. Hay otras formas de vivir la vida plena. Es verdad que a mí me interesa más la vida tamizada por la literatura, como lector y escritor.

P:- ¿Dónde termina la experiencia y comienza la metáfora?

R:- Creo que la experiencia termina en el recuerdo y la metáfora empieza en la literatura. Pero también es verdad que hay veces que ocurre, y no solo con los recuerdos, sino con realidades, que solo las puedes comprender a través de la metáfora. ¿Por qué? Porque la metáfora no es un capricho formal, sino la necesidad de decir y de mirar desde otro sitio para comprender. De hecho, la divulgación científica es metaforizar la ciencia para que la gente que no haya estudiado lo mismo la entienda. El periodismo, en el fondo, no deja de ser un poco eso. En realidad, quién sabe, si la escritura, quitando la escritura notarial, no será también un ejercicio constante de buscar metáforas para hacer comprensible lo que no se puede comprender del todo o de forma directa. 

P:- En tu libro, la memoria parece un territorio en ruinas. ¿Qué encuentras valioso en lo que se desmorona?

R:- Hay una belleza en las ruinas, evidente e inevitable. Cuando vas a cualquier sitio histórico, como Grecia, Roma, Pompeya, o incluso a una casa abandonada, en la ruina y en las grietas y en la humedad y en la vegetación –que crece por donde no toca, porque nadie la ha quitado de ahí– y en las hierbas malas que luego ya se convierten en buenas, hay una belleza que es inevitable. Pienso que, en una ruina, en el fondo, hay una promesa de que el mundo fue un lugar bello. Ese sitio del mundo fue un sitio bello y perfecto. Hubo vida ahí. Que en esa cocina abandonada donde el vaso lleva décadas tirado, alguien un día por la mañana se hizo un café. Y cuando vas a Delfos y te encuentras en las ruinas, te asombra pensar que la gente de hace dos mil años veía el mismo paisaje que tú. Viendo esa ruina tiendes a pensar que eso durante una época fue el centro del universo, literalmente. La ruina es inevitable. Es mejor aprender a caminar entre ruinas que a escapar siempre a una ciudad nueva.

P:- ¿Sientes que el poeta traduce o inventa el mundo?

R:- Buena pregunta. En algunos de los poemas creo que lo traduzco y en otros intento inventarlo. Sobre todo, en los poemas más breves que son como juegos, como relámpagos. Me interesan esos mundos también. Igual que me interesan las islas griegas. O la mitología, que no tiene ni por qué existir. 

P:- ¿Qué has aprendido de ti mismo al escribir este libro?

R:- Para mí un libro es como parir tu personalidad de nuevo. Cuando conviertes un recuerdo, una sensación o una evocación que llevas dentro en un poema, ocurre algo curioso: ese recuerdo ya no vuelve de la misma manera. Ya es un poema. Ya no puedes volver a ver ese recuerdo con los ojos virginales de cuando no habías escrito esos versos. De alguna forma te distancias. Al volcar un recuerdo, una sensación, un sentimiento, una creencia o una idea y ponerla por escrito (con un contorno y una forma concreta), de repente eso ya no vuelve a ser lo anterior. Ya va a ser para siempre ese poema. En ese sentido yo creo que sí, porque he tomado distancia de muchas cosas. El otro día estaba hablando con un amigo y le dije que yo creo que me he quitado la nostalgia escribiendo el libro. Sí, hay recuerdos y hay ciertas cosas volcadas con las que tengo más distancia ahora. Una distancia en la que estoy cómodo. A nivel literario también. Hay cosas que hay que escribir para no volver a escribirlas. Aunque vuelvas a los mismos temas, no se vuelve de la misma forma. Me lo explicó María Negroni: las obsesiones literarias funcionan con espiral, vuelves, pero estás a otra altura, mucho más alto o bajo.

P:- ¿Cómo imaginas el próximo rumor –el siguiente libro, la siguiente voz– que vendrá después de este?

R:- Tengo muchas ideas. Hay temas que me obsesionan. Por ejemplo, el insomnio como territorio literario, como territorio para habitar. Luego, estoy escribiendo varios poemas alrededor de estampas. Es decir, intentar que las cosas digan sin que tú tengas que decirlas. O sea, intentar que hable el paisaje, que hable la estampa humana y de la ciudad. También hay un libro que quiero escribir en mi vida que posiblemente se va a llamar “Poemas para el gran Gatsby” porque cuando era adolescente y leía el libro me gustaba ese personaje y toda la estética y el lujo y esta cosa de inventarse a sí mismo. Además, hay una frase que dice, que el gran Gatsby era una metáfora de sí mismo, que me parece la mejor descripción del personaje. Con el paso de los años, he vuelto a releerlo varias veces porque me gusta mucho la escritura de Fitzgerald. En la última lectura descubrí dos cosas y una es que todos los personajes tienen 30 años y están jodidos porque han cumplido 30 años [ríe]. Y luego hay otra cosa: tengo muchas ganas de abrazar a este hombre antes de que se muera en la piscina, en el único baño que se da en el verano, que ya es otoño y se muere porque Wilson le ha pegado un tiro. Me dan ganas de abrazar a ese hombre y decirle que no pasa nada. Me despierta mucha ternura. Creo que en el fondo todos tenemos un punto de esa persona que le gustaría construir a su propia persona perfecta. Y no podemos y tenemos que vivir la suspensión de eso.