Madrid no parece ocultar nada más allá de las tascas de cerveza barata y tapa abundante o los sueños de miles de personas anónimas, pero no, la capital también tiene secretos. Madrid esconde enigmas, mitos y leyendas, y ahí está, precisamente uno de ellos muy cerca de la Puerta de Alcalá, en la Casa de América, edificio señorial que un día compró un magnate soriano curtido en la industria alimentaria y que también alberga uno de los mayores secretos de la capital.
Conocida hoy como Casa de América, este palacete postrado a los pies de la diosa Cibeles también recibe el nombre de Palacio de Linares, en honor a sus propietarios allá por el siglo XIX, los marqueses de Linares.
No son pocos los estudiosos de lo esotérico que han puesto sus ojos en este particular edificio, donde dicen haber captado figuras humanas o escuchado un órgano, el taconeo de unos zapatos y el lamento de una mujer.
Respuestas al respecto no hay muchas, pero una de las más extendidas es la que atribuye el lamento a la niña Raimunda y a sus padres, los marqueses de Linares, que al descubrir que su hija había sido fruto de un incesto -eran hermanos- la mandaron emparedar para evitar el escándalo.
Según esta leyenda, aún viven allí y algunos guardias de seguridad incluso se han visto obligados a pedir el traslado para no pasar noches enteras en el otrora conocido como Palacio de Linares.
También de otra época y también constatada por vigilantes nocturnos proviene la leyenda que recae sobre el Museo Reina Sofía, muy cercano a la Estación más conocida de Madrid y que en su día fue el Hospital General de Atocha.
Enfermos poblaban sus pasillos entonces y algunos han comentado que por las noches aún se escuchan sus lamentos, lo que le ha otorgado un lugar preferente en el Madrid esotérico a uno de los espacios culturales por excelencia de la capital.
Pero aunque después de estos dos casos no lo pudiera parecer, el misterio no sólo tiene que ver con fantasmas o psicofonías y la masonería también despierta el interés de muchos amantes de lo desconocido.
"Gran Arquitecto del Universo". Ese significado podría esconder la G presente en la base del Dolmen de Dalí, situado frente al Palacio de los Deportes y que relacionaría dicha escultura, y a Salvador Dalí, con la masonería, una asociación ligada al misterio, lo oculto y lo innombrable durante épocas.
Igualmente innombrable e irrepresentable a lo largo de la historia ha sido la representación del diablo, belcebú o lucifer -al gusto del lector- y a esta máxima responde que en Europa sean excepcionales las esculturas dedicadas al maligno.
A exactamente 666 metros sobre el nivel del mar -cifra asociada a satanás- se encuentra situada la estatua del Ángel Caído en el madrileño parque del Retiro, algo muy criticado cuando se construyó.
También en el Retiro está el Bosque de los Ausentes, que rinde homenaje a las víctimas de los atentados terroristas del 11-M y que podría no levantar ninguna suspicacia al pasear por él aunque sin embargo, a vista de pájaro y desde el cielo, la estructura que dibujan sus setos se asemeja bastante al Árbol de la Vida de la doctrina esotérica conocida como Cábala.
Justo a sus pies, y también desde el aire, se puede distinguir la silueta del Ojo de Horus, muy presente en la enigmática cultura egipcia, que también está presente en Madrid desde el Templo de Debod, estructura que Egipto regaló a la capital en la segunda mitad del siglo XX.
Piedra por piedra viajó desde la tierra del Nilo donde, tras ser construido por el faraón Azakheramón en el siglo III a.C., fue el emplazamiento de diversos ritos y ofrendas egipcias.
Quien no quiera verlo, puede hacerlo y quien no quiera indagar, tampoco los encontrará porque Madrid no revelará sus misterios y secretos mejor guardados, porque para eso son secretos.