Un violín por tres euros y medio

Un violín por tres euros y medio

Tres euros con cincuenta céntimos fue el precio que Ciprian, un músico de origen rumano, pagó por un violín de 1913 con el que hoy, al igual que otros muchos artistas callejeros, interpreta la banda sonora de una estación del Metro de Madrid.

Ciprian llegó a España en 1999 con la esperanza de encontrar "una vida mejor" después de perder la movilidad en una mano trabajando como soldador y, aunque todavía no ha logrado subirse a un escenario en Madrid, interpreta su música para "subsistir" entre los pasillos del suburbano madrileño.

Este compositor de 70 años, situado estratégicamente en los pasillos de la estación de Príncipe de Vergara, no utiliza amplificador cuando se trata de un instrumento de cuerda, y se indigna cada vez que algún pasajero le interrumpe para preguntarle quién es el autor de "obras maestras" como "Las cuatro estaciones" de Vivaldi.

Después de quince años en Madrid se declara músico de profesión aunque en su país también trabajaba como soldador "para poder comer", ya que dedicarse a la música es "difícil", y actualmente lo hace porque es su "gran pasión" y le permite obtener algún ingreso al final del día, pese a que, según explica, solo recauda unos pocos euros.

Además de profesor de violín jubilado, instrumento que aprendió a tocar en el conservatorio de Bucarest a los seis años, afirma saber interpretar piezas con el clarinete y disponer del "carné" de saxofonista, además de ofrecer su número de teléfono para interpretar música clásica o jazz en celebraciones familiares.

Al igual que Ciprian, a lo largo de los casi 300 kilómetros que recorre el Metro músicos de profesión, artistas callejeros o personas que han perdido su empleo agudizan el ingenio para sorprender a un público variado, cada vez más acostumbrado a realizar su viaje con música de fondo.

A pesar de ser más complicado encontrar a músicos en el Metro en agosto, ya que muchos "cierran por vacaciones", en la estación de Avenida de América, Dumitru, de 43 años, hace sonar su acordeón en su tercer día en la capital española, destino que eligió por cuestiones familiares tras haber interpretado su música, aprendida de forma autodidacta, en Alemania.

Con horario de oficina, en Nuevos Ministerios se encuentra un violinista que no desvela su identidad, no concede entrevistas y tampoco permitir a los usuarios del subterráneo tomarle fotografías.

Desde hace trece años este violinista se adueña, de lunes a viernes, del pasillo que conecta la línea 6 con la línea 9, según indica un agente de seguridad.

Asimismo, en los pasillos de alguna de las 300 estaciones los pasajeros quizá coincidan con un cantaor al que acompañan dos jóvenes con el sonido de la caja flamenca y que logran captar la atención de una audiencia que abandona sus dispositivos móviles para poner cara a la voz que escuchan.

Después del silbato que precede al cierre de puertas, una pareja de latinoamericanos pretende amenizar el trayecto de los viajeros con la melodía que emite un teclado apoyado sobre un carro, tras desearles "un feliz día" y disculparse por las molestias que puedan ocasionarles.

En el Metro de Madrid hay música, espectáculos de magia, como el que lleva a cabo un hombre que hace desaparecer a un ratón -según indica María, usuaria de la línea 9-, o vendedores ambulantes como Benjamín, un chileno que tras perder su empleo en abril vende pañuelos de papel en una jornada que inicia a las seis de la mañana.

En general, los usuarios aseguran haber tenido una "experiencia positiva" viajando con la música de estos artistas subterráneos, pero "no me gustaría que hubiera una normativa" que impidiera o dificultara el trabajo de estas personas, indica Luis.

Sin embargo, según una portavoz de Metro, la normativa permite que interpreten su música en sitios "espaciosos" y lo prohíbe donde "pueda suponer un peligro para los viajeros" como andenes y vagones u otras zonas de paso, donde se les pide que no se sitúen sin imponerles sanción o multa.

En este medio de transporte, distintas nacionalidades se cruzan y comparten espacios para buscar una manera de "intentar pagar su alquiler" como Benjamín, quien comparte piso con cuatro amigos y que si no encuentra empleo antes de que termine el año volverá a su país de origen.

Muchos de los artistas que se colocan en algún punto de las trece líneas que recorren la ciudad, no se "sienten orgullosos" de su situación, por lo que esquivan las preguntas y ven cada interrupción como una posible disminución de sus ingresos, ya que para muchos el secreto de su sonrisa permanente es la necesidad de sacar adelante a sus familias.