El Teatro de La Zarzuela de Madrid inauguró su temporada 2025-2026 con una ambiciosa nueva producción de “Pepita Jiménez”, la ópera de Isaac Albéniz en la versión de Pablo Sorozábal, basada en la novela homónima de Juan Valera. Las expectativas eran altas: la obra rara vez se representa y el regreso al escenario madrileño prometía una función inolvidable. Sin embargo, la velada del pasado viernes, 3 de octubre, resultó ser un ejercicio de frustración para el público: una combinación de dirección escénica fallida, desequilibrio musical y un reparto desconectado que hizo que la pieza naufragara antes de desplegar todo su potencial.
Sorozábal transformó la obra original de Albéniz en algo más cercano al verismo operístico que a la zarzuela tradicional: tres actos, un final dramático y mayor tensión emocional. Sin embargo, la función del viernes mostró que la música y el libreto no logran empastarse de manera natural. La riqueza de la partitura de Albéniz, tan difícil y llena de matices y color, se percibía atrapada, mientras la narrativa del libreto parecía fragmentada, como si los personajes vagaran por un espacio dramático que no entendían.
“Pepita Jiménez” narra la historia de Pepita, una joven viuda que vive en un pequeño pueblo andaluz, y de Luis de Vargas, un sacerdote que llega al lugar y se ve irremediablemente atraído por ella. La obra se centra en la lucha interna de Luis, dividido entre sus votos religiosos y los sentimientos que Pepita despierta en él, mientras la joven se enfrenta las expectativas de su entorno y a su propio deseo de libertad. Los conflictos se desarrollan a través de conversaciones cargadas de tensión, malentendidos y miradas cómplices que revelan tanto la pasión contenida como las restricciones de la sociedad rural del siglo XIX. Entre momentos de introspección, confrontaciones familiares y escenas públicas donde los rumores y la curiosidad del pueblo juegan un papel decisivo, la trama despliega un delicado equilibrio entre amor, deber y moralidad, mostrando cómo los personajes se debaten entre lo que sienten y lo que deben hacer.
La dirección escénica de Giancarlo del Monaco –conocido por sus puestas algo oscuras y tenebrosas–, con escenografía de Daniel Bianco, es uno de los puntos más débiles de la producción. La obra se desarrolla sobre una estructura metálica giratoria –unos andamios–, que pretende aportar dinamismo, pero que en realidad genera sensación de claustrofobia y rigidez. Los actores parecen atrapados en un espacio que no comunica ni la emoción ni la tensión de la historia, sino que los convierte en figuras estáticas moviéndose mecánicamente.
La iluminación de Albert Faurá, en lugar de acentuar la narrativa, refuerza la frialdad de la escena: luces directas y duras que resaltan la artificialidad del espacio. En conjunto, la propuesta visual se siente fría, inerte, y no contribuye a que el público se sumerja en la historia.
Un ejemplo claro de esta desconexión se percibe en el acto final, cuando se incluye una escena sexual que resulta completamente fuera de lugar. La escena no solo rompe la coherencia dramática, sino que tampoco está integrada con el espacio ni con los movimientos de los intérpretes, generando confusión y cierta incomodidad en la platea. El conflicto interno de Pepita y Luis de Vargas, el núcleo emocional de la obra, se pierde en medio de movimientos erráticos y gestos poco convincentes. Ni el contexto ni la música justificaban esa decisión, convirtiéndola en un recurso gratuito que sorprendía por su irrelevancia y por la incomodidad (y las carcajadas) que provocaba en el público.
Guillermo García Calvo asumió la dirección musical con el desafío de llevar la partitura de Albéniz a la vida, tarea nada fácil. Lamentablemente, la orquesta sonó excesivamente “fortissimo”, con un equilibrio dinámico muy pobre que tapaba las voces solistas, impidiendo que las líneas melódicas de los cantantes se percibieran con claridad. Los problemas de afinación eran frecuentes y la coordinación rítmica entre secciones fallaba con regularidad, lo que convertía los pasajes más delicados y expresivos de Albéniz en bloques sonoros desordenados. Los metales y la percusión predominaban sobre las cuerdas y maderas, generando un exceso de densidad sonora que ahogaba las sutilezas armónicas y los contrapuntos. Una obra que debería haberse sentido como un diálogo fluido entre orquesta y voces se transformó en un esfuerzo constante para mantener la atención, convirtiendo la hora y cuarto de representación en una experiencia agotadora para el oído.
El estreno se vio afectado por la ausencia de Ángeles Blancas, sustituida por Maite Alberola en el papel de Pepita Jiménez. Alberola cantó correctamente, pero no logró imponerse sobre la orquesta, especialmente en los sobreagudos, donde la voz se percibía forzada y desequilibrada. Ana Ibarra, en el papel de Antoñona, ofreció una interpretación casi imperceptible; su voz no llegaba y su presencia escénica resultaba débil frente a la magnitud del escenario y la orquesta.
Entre los roles masculinos, Antoni Lliteres, como Luis de Vargas, fue quizás el que más destacó, pero sin brillo suficiente. Rodrigo Esteves (Pedro de Vargas) y Rubén Amoretti (el Vicario) tampoco lograron transmitir fuerza ni credibilidad. La falta de química entre los intérpretes dejó a los personajes desdibujados y a la obra desprovista de tensión dramática.
El estreno de “Pepita Jiménez” fue un ejemplo de cómo una obra valiosa puede perderse por decisiones escénicas, musicales y de reparto mal calibradas. La producción mostró un desequilibrio que oscureció la riqueza de la partitura de Albéniz y la profundidad del texto de Valera. Aunque el debut dejó un sabor a oportunidad perdida, aún hay esperanza de que las próximas obras que estrene esta temporada el Teatro de la Zarzuela logren recuperar la brillantez y la emoción que el público espera (y que está acostumbrado ver).