En la Fundación MAPFRE de Madrid se exhibe hasta el 18 de enero de 2026, una exposición antológica que trae de vuelta a la vida el camino artístico de Raimundo Madrazo y Garreta (Roma, 1841 - Versalles, 1920) a lo largo de sus años como uno de los pintores más comerciales del siglo XIX.
Educado por su abuelo y su padre, los retratistas de corte José de Madrazo y Federico de Madrazo respectivamente, Raimundo de Madrazo acude con tan solo 13 años, a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde fue discípulo de grandes artistas como Martín Rico. Raimundo de Madrazo buscaba incesantemente la perfección técnica y artística en sus pinturas, lo que le provocó un sentimiento de estar estancado en su crecimiento como pintor, puesto que lo que se enseñaba allí ya lo había aprendido en su casa por sus dos referentes familiares ya mencionados. De esta manera a los veintiún años, decide irse a París a conocer otras vertientes artísticas que le pudiesen inspirar y enseñar. Ello le llevó a vivir una etapa de tensiones y paradojas propias de la era de la modernidad, ya que, aunque seguía pintando temas tradicionalmente aceptados en el circuito de arte establecido, comenzaba a desmarcarse, empapándose de lo que veía y aprendía en las calles de París. La situación en esta ciudad era justo lo que buscaba Madrazo, donde todas las corrientes artísticas se teñían de nuevas tendencias creativas, como el impresionismo, que empezarían a labrar las vanguardias del siglo XX. Rápido se decidió por alejar de su arte los temas típicos decimonónicos como lo era la mitología o la pintura de historia, para responder a una demanda en la alta burguesía que prefería las escenas de género y los retratos. Sus obras tuvieron buena aceptación entre el público debido a que el artista supo cómo entremezclar tradición e impecabilidad técnica con la alternativa que estaba naciendo a través de la técnica de “juste milieu”.
En “Dama con loro”, una de las obras expuestas, se puede observar, por un lado, una técnica de pintura que deja ver el control de técnica en el dibujo -observable en las texturas de telas, piel u objetos-, pero que a la vez empieza a alimentarse de las nuevas influencias impresionistas con los colores refinados, ciertos efectos de luz y pinceladas visibles. Ese cuadro refleja también la importancia de la percepción y el interés por el instante, en los que se intenta dejar al espectador en la quietud de un momento que es realmente fugaz. La obra refleja además aquel interés por las escenas de género que tanto gustaban en la alta burguesía francesa. En este eco entre tradición e impresionismo, el “juste milieu” expone, generalmente, un interior refinado protagonizado por figuras femeninas rodeadas de elementos exóticos, sin dramatismo extremo sino con un detalle preciosista. Estas obras suelen ser realizadas en tablas de pequeño formato conocidas como “tableautins”. De esta forma se puede entender la popularidad de esta técnica: para los tradicionales, la técnica es impoluta, pero suscita algo nuevo; para aquellos como Madrazo, que necesitaban salir de los marcos artísticos conservadores, es una nueva vía de experimentación, pero que tampoco llega al punto de La Vanguardia estricta que les haría caer, por entonces, en el rechazo popular.
Madrazo ha sido históricamente criticado por esto mismo. El pintor adaptó todas sus obras de la segunda mitad del siglo XIX a las reclamaciones de la alta burguesía francesa, vendiendo el nacimiento de un posible estilo propio cuando en realidad buscaba una comercialización y lugar seguro en el mercado del arte. Sea como fuere, Madrazo respondió de manera espléndida a los gustos burgueses franceses, no solo destacando en las escenas de género sino también en los retratos que tan reclamados eran. La clientela europea deseaba ser retratada en sus mejores momentos como hoy se desea tener una foto en un lugar que adoramos o nos parece espectacular, y mientras, Madrazo, podía documentar a través de sus trabajos la vida ociosa de la alta sociedad.
Así, a partir de 1880, el pintor abandona la pintura de género y se dedica a ser retratista, destacando también en este tipo de pintura. Hacia 1890, Madrazo consigue realizar algunos de los retratos más importantes del conjunto de su obra, como por ejemplo “Rosario Falcó y Osorio”. En estos retratos se valora la influencia de Velázquez: retratos no adornados, con figuras casi a tamaño real y caracterizados por el acto de presencia y la psicología del personaje. La paleta es más contenida, donde el protagonismo se lo llevan los grises, negros y tierras; que, junto a la luz medida, consigue una austeridad compositiva de influencia velazqueña.
La exposición recorre ocho secciones de forma cronológica y temática. Con más de cien obras centradas en la trayectoria profesional de Raimundo de Madrazo, Mapfre califica esta exposición como “una gran retrospectiva monográfica” del pintor, desde la formación académica en Madrid hasta el nacimiento de su renombre como retratista de la élite parisina y cosmopolita. En su intento por “restituir el legado” de Raimundo de Madrazo, la preparación de esta exposición denota un trabajo de investigación profundo, contando además con el apoyo de casi setenta importantes instituciones y colecciones particulares nacionales e internacionales: Museo Nacional del Prado, en Madrid; The Metropolitan Museum of Art, en Nueva York; Clark Art Institute, Williamstown en Massachusetts; The Hispanic Society of America, en Nueva York o el Museo d’Orsay, de París.
Con dos pisos enteros para la exposición, en la planta baja se encuentran los inicios de la pintura de Raimundo de Madrazo. Se exponen cuadros del progenitor Federico de Madrazo así como obras de estudio influenciadas por la enseñanza del taller familiar en sus primeros años de vida: dibujos sólidos, temas históricos y/o religiosos y un tono clásico tales como la “Alegoría de las Cortes de 1834”. En la planta 0 está el núcleo de la exposición, ahí nos enfrentaremos, a través de retratos femeninos en espacios íntimos, a un Madrazo inmerso en el mundo burgués. Es en esta época donde la colaboración con Mariano Fortuny se hace más patente, centrando el estilo preciosista dentro de esta etapa. De aquí, se pasa a los retratos oficiales y diplomáticos bajo la “lección Velázquez”, que ya se ha comentado.
Esta es la parte más disfrutable de la exposición: el preciosismo de Fortuny, la captación del instante a través de la luz y el color típicas del “juste milieu”, la “nonchalance” que de esta técnica deriva -estos cuadros se basan en el término francés que define una actitud cercana al abandono y la indolencia de las mujeres femeninas representadas-. Puede ser que se caiga en una adoración extrema a las vanguardias, pero este sutil inicio que se vive en los cuadros de Madrazo, con pinceladas marcadas, colores que contrastan y quietudes que absorben al espectador, son de especial. Por último, la exposición se centra en la etapa de madurez entre sus colecciones americanas.
Es inevitable que al terminar la visita el espectador no se pregunte por la “muerte” de Raimundo de Madrazo. Muerte en el sentido más literal: el de haber sido olvidado. ¿Cómo era posible que a un pintor con tantísimo trabajo en vida, se le hubiese olvidado en la historia de la pintura del siglo XIX? Esa fue la inquietud que hizo lanzar este proyecto en la fundación. Ciertamente, la inmersión en la exposición sucede de manera automática: la cronología está bien dispuesta y las explicaciones bien contextualizadas. El arte se va presentando de manera gradual, desde aquello más clásico, pasando por los primeros juegos de Madrazo con las nuevas técnicas conocidas en sus primeros años de París, hasta su asentamiento en los retratos de los altos grupos sociales. El conjunto de cómo han pensado la exposición hacen del recorrido algo disfrutable para personas de cualquier edad y con cualquier nivel de conocimiento sobre arte del siglo XIX. Si es cierto que solo muere quien es olvidado, la Fundación Mapfre ha hecho un gran trabajo trayéndolo de vuelta a la vida de la historia del arte.