El Museo del Prado traslada el lienzo ‘Pablo de Valladolid’, de Diego Velázquez, a su taller de restauración para someterlo a un proceso de análisis técnico previo y posterior intervención, una actuación que se llevará a cabo con el patrocinio de la Fundación Iberdrola España como ‘miembro protector’ del Programa de Restauraciones de la pinacoteca.
Antes de comenzar los trabajos de conservación, el Museo del Prado ha informado de que se realizarán diversos estudios técnicos destinados a ampliar el conocimiento material que se tiene actualmente de este retrato. La reciente incorporación de nuevos equipos de investigación permitirá abordar el examen de la obra desde dos perspectivas complementarias: el análisis material mediante XRF scanning y el estudio a través de reflectografía infrarroja multiespectral.
Entre los retratos más singulares de la producción de Velázquez destacan los dedicados a bufones y hombres de placer de la corte de Felipe IV, un conjunto en el que el pintor desarrolló algunas de sus propuestas más audaces. En este grupo se inscribe el retrato de Pablo de Valladolid, un personaje documentado al servicio de la Corte entre 1632 y 1648, cuya función estaría vinculada a sus capacidades interpretativas o a su carácter burlesco.
El artista representa a Pablo de Valladolid como una figura aislada, asentada con firmeza en un espacio indefinido, construido únicamente a partir de la sombra que proyecta su cuerpo. Esta supresión casi total del entorno, sin precedentes claros en la pintura de su tiempo, convierte la obra en un destacado ejercicio de innovación artística dentro del contexto del Siglo de Oro.
El fondo neutro dirige toda la atención hacia el gesto del personaje, captado en una actitud que ha sido interpretada como declamatoria. La ejecución pictórica combina seguridad y soltura propias del estilo maduro de Velázquez, y el análisis estilístico sitúa la realización del lienzo entre 1632 y 1635, en los primeros años del pintor al servicio de la Corte.
La influencia del retrato de ‘Pablo de Valladolid’ se ha prolongado en el tiempo, como evidencia el hecho de que Goya se inspirara en él para su retrato de Francisco Cabarrús. Décadas más tarde, en 1865, Édouard Manet llegó a considerarlo la mejor de todas las pinturas. “Es quizá el trozo de pintura más asombroso que se haya hecho jamás. El fondo desaparece; es aire lo que rodea al hombre, vestido todo de negro y lleno de vida”, afirmó el artista.
Manet había viajado a España con el propósito de alejarse de las duras críticas recibidas en París y, tras su visita al Museo del Prado, quedó profundamente impresionado por la técnica de Velázquez, a quien definió como el “pintor de pintores”.