Maruja Mallo, del Museo Reina Sofía a la Fundación Ortega-Marañón

Maruja Mallo, del Museo Reina Sofía a la Fundación Ortega-Marañón

Por diferentes razones, la pintora Maruja Mallo será protagonista en la semana cultural madrileña. Por un lado, el próximo miércoles 4 de marzo, la Fundación Ortega-Marañón celebrará la III edición de los Premios Maruja Mallo, galardones que reconocen la trayectoria profesional y el compromiso social de mujeres. Los premios se entregarán en la sede de la Fundación y en esta ocasión han recaído en escritoras como Cristina Oñoro Otero o artistas como Estrella de Diego Otero. Aquellos que deseen asistir a la ceremonia deben reservar su plaza en este enlace.

Por otro lado, comienza la recta final de la exposición “Maruja Mallo. Máscara y compás” que, comisariada por Patricia Molins, reúne hasta 90 obras de la pintora y que podrá visitarse hasta el próximo 16 de marzo en el Museo Reina Sofía de Madrid. Maruja Mallo (Vivero, Lugo, 1902- Madrid, 1995) se llamaba en realidad Ana María Gómez González. Para elegir su nombre artístico tomó el segundo apellido de su padre. Adscrita a la generación del 27, su formación comenzó en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés y, tras su traslado a Madrid, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Compartió espacios con grandes escritores y artistas como Federico García Lorca, Salvador Dalí, María Zambrano o Rafael Alberti. Como mujer de esta generación pertenece al grupo de las Sinsombrero. 

Mallo encarnó la nueva imagen de la mujer libre y emancipada, carácter que podremos ver a lo largo de la exposición. En torno a esto último el espectador se encuentra con un recorrido temporal de su compendio artístico de la manera que la propia autora estructuró su evolución. En su etapa más temprana, su trabajo para la “Revista de Occidente” tuvo un protagonismo fundamental, para la cual realizó las portadas de varios libros, ejemplares que por cierto están exhibidos en una de las salas centrales. A través de esta participación, su primera exposición fue organizada por Ortega y Gasset, fundador de la revista ya mencionada. En esta etapa todavía no se alcanza a ver un surrealismo per se, sino más bien unas obras teñidas de realismo mágico, corriente que trae lo irreal o extraño como algo común y cotidiano. 

La siguiente etapa está marcada por su viaje a París, donde desarrolló su núcleo más surrealista. A través de Cloacas y Campanarios (1929-1932), Mallo nos regala grandes obras conmovedoras, meticulosas y excéntricas. Con representaciones humanas en huellas subyacentes como composiciones centrales de las obras, el aura de la obra transporta al espectador en una inmersión total, una alquimia visual. 

“Espantapájaros” o “Espantapeces” son cuadros representativos de esta nueva forma de expresión que Mallo utiliza. El primero, comprado por André Breton, fundador del surrealismo, presenta una composición claramente dividida en dos que protagoniza un ambiente rural y un tanto sombrío, en la que el movimiento envuelve entre telas estos resquicios humanos que abren los brazos, exaltándose o rindiéndose, muy en la línea del surrealismo inicial que no se separó de la política, sino que por el contrario mantenía una actitud transgresora y destructora frente al mundo burgués, un viejo mundo caduco y lleno de violencia que debía ser superado. 

Mallo siempre fue fiel a la República española y sus ideales, razón por la cual, como ya estaban haciendo muchos de sus coetáneos, se exilió a Argentina. Allí realiza una serie de obras en las que ensalza a los trabajadores del campo -con el color dorado- y del mar -en el color plateado-. Además, y viendo que su estancia allí se alargaba debido a la guerra y, posteriormente, a la derrota de los republicanos, la artista comenzó a viajar por los alrededores, confeccionando así una gran colección inspirada por su fascinación y entusiasmo en la novedad de la diversidad tanto paisajística como étnica. En estos años, Maruja Mallo se empapa de las costumbres del arte prehispánico, entrando en contacto con el simbolismo y la representación espacio-temporal, fuera de la rigidez contemporánea de su época: cuadros con figuras centrales rodeadas de un fondo y construidas en base a geometría ancestral que erige una escena completa. 

Su última etapa es la de las naturalezas vivas (1941-1944). Para muchos críticos esta etapa es, la más apreciada: el surrealismo se presenta en su máxima expresión con distintas conjunciones de organismos en un mismo espacio, bañados de colores vibrantes que subrayan la maravilla de la naturaleza. Composiciones que recuerdan a órganos sexuales femeninos, que entrelazados en su gran mayoría con referencias al mar, denotan este reclamo hacia lo más profundo y mágico: el inicio de la vida. Cuadros con un tinte de misticismo, en los que siempre se apunta al misterio en lo que se presenta: una humanidad latente que no necesariamente se percibe al primer vistazo. 

El recorrido de la exposición termina con la etapa de Maruja Mallo titulada “Máscaras”, en las que desfigura la visión del hombre, experimentando con su unión con las máquinas, no de manera futurista o irreal, sino de una manera orgánica, que plantea una metamorfosis clara de estos seres vivos. Esta etapa resulta más irónica y cómica, en el uso de contraposiciones como el inmovilismo de las máscaras y el dinamismo de los fondos en los que se desarrollan, o la inocencia de los paisajes y la crueldad de lo representado. Como vemos, es una gran exposición, con una gran colección que presenta de manera magnífica el proceso de la artista a lo largo de su trayectoria vital, pues el arte en estos casos solo es un alargamiento de lo que se siente y piensa. 

@estaciondecult