Shostakovich: Demoledora Intensidad por el Cuarteto Casals

Shostakovich: Demoledora Intensidad por el Cuarteto Casals

Madrid. Auditorio Nacional. Sala de cámara. Ciclo Universo Shostakovich del CNDM en colaboración con La Filarmónica. 8-I-2026. Shostakovich: Cuartetos nº 7, 8 y 9. Cuarteto Casals (Vera Martínez-Mehner y Abel Tomàs, violines; Cristina Cordero, viola; Arnau Tomàs, violonchelo). 

En los primeros meses de 2026 se completará el homenaje que el Cuarteto Casals lleva a cabo (simultáneamente con la publicación de su grabación discográfica) del ciclo íntegro de los “Cuartetos” compuestos por Dmitri Shostakovich, de cuya muerte se cumplieron 50 años en 2025. El firmante de estas líneas reseñó también para este medio el primero de los conciertos de este ciclo y no pudo hacer lo propio con el segundo por la desgraciada coincidencia, en día y hora, con otro homenaje al compositor ruso: el formidable concierto que la pianista Yulianna Avdeeva ofreció interpretando el ciclo completo de los “Preludios y Fugas”. 

En aquella primera reseña de este ciclo ya apuntamos el peso que este ciclo tiene en la obra de Shostakovich y en la producción camerística del siglo XX, de la que, sin duda alguna, es uno de sus pilares fundamentales. La oportunidad de escuchar la serie en su totalidad por los mismos intérpretes es, por tanto, de las que no debe dejarse pasar. Los tres cuartetos escuchados en esta tercera entrega vieron la luz en un periodo de apenas cuatro años (1960-64) y todos responden a la idea, ciertamente apreciada por Shostakovich, de que sus movimientos se interpretan sin solución de continuidad.

Shostakovich empezó el “Séptimo Cuarteto” (el más breve del ciclo, apenas unos 13 minutos) en 1959, el año en que su primera esposa, Nina Varzar (fallecida en 1954) habría cumplido 50 años. No es quizá de extrañar que encontremos, en estos concisos tres movimientos enlazados, una atmósfera de sombría melancolía salpicada con momentos de irritada furia. 

Algo de desenfado engañoso transpira el principio, con un bello diálogo entre primer violín y violonchelo, magníficamente dibujado por Vera Martínez-Mehner y Arnau Tomàs. Lució la violinista madrileña más tarde un pizzicato de gran densidad expresiva. Destila la aludida melancolía el “Lento”, que contó con estupendo diálogo entre los violines y destacada, una vez más, intervención de la violista Cristina Cordero. Rotundo, intenso, casi furioso, de irresistible impulso rítmico, el “Allegro”, para que el tramo final (“Allegretto”, una suerte de cuarto movimiento insertado en el tercero) recuperara la melancolía sobre la que, en el fondo, descansa la obra entera.

Muy poco después de escribir el cuarteto comentado (julio de 1960), mientras se encontraba en Alemania, compuso Shostakovich el “Octavo”. Y son significativas, sobre el trasfondo de la obra, las palabras escritas por el compositor a su amigo Isaac Glikman: “Empecé a pensar que, si algún día muero, es probable que nadie escriba una obra en mi memoria, así que mejor la escribo yo mismo”. Dicho y hecho. 

Dedicado “oficialmente” a las “víctimas del fascismo y de la guerra”, lo cierto es que el cuarteto nació tras la afiliación del compositor al Partido Comunista, afiliación que era imprescindible para presidir la Unión de Compositores, posición para cuya aceptación estaba siendo presionado por el régimen. En otras palabras, una afiliación que realizó con la nariz tapada. Otro acto más, de muchos, presididos por el lógico instinto de supervivencia. Stalin había muerto, pero Khruschev estaba lejos de ser una hermana de la caridad. No estaba el patio para bromas, pero Shostakovich era maestro del doble lenguaje, del decir sin decir, de sugerir una cosa cuando subyacía otra

No es por ello de extrañar que en los cinco movimientos de este cuarteto (también enlazados sin interrupción) encontremos una constante alusión a sí mismo. Al fin y al cabo, él se consideraba también, con buena razón, víctima de la guerra y de la represión estalinista, aunque no pudiera manifestar de forma pública su rechazo a esta

La música oscila entre lo sombrío (primer movimiento, con empleo de ese recurso que desde el barroco es expresión de lamento: el empleo de escalas que descienden por medios tonos) y lo furioso (el segundo), pero transita también por lo siniestramente grotesco (muchos momentos del tercero) y la desgarrada desolación, incluso la congoja (cuarto). 

Abundan las citas de su propia obra: el segundo “Trío con piano”, identificable con el inconfundible tema judío presentado en el segundo movimiento, el tema principal del “Primer Concierto para violonchelo”, en el tercer movimiento, o las alusiones a su ópera “Lady Macbeth de Mtsensk” (la que pudo haberle costado el pellejo) en los dos últimos. Todo ello presidido por la propia traducción de sus iniciales (en la grafía alemana) a notas: D-S-C-H (Re-mi bemol-do-si natural). Un motivo que está presente de manera repetida en toda la obra y la impregna de una notable, casi obsesiva, intensidad dramática. 

Capturó el Casals admirablemente la devastadora intensidad emocional de una de las obras más conocidas y de mayor impacto de la serie. El sonido, los ataques, los matices, el perfecto empaste, la combinación de la más sutil delicadeza con la rudeza más cruda y desgarrada. Sirva como ejemplo de esto último el pasaje de hirientes acordes de violín segundo, viola y chelo sobre la nota pedal en “pp” del primer violín, en el cuarto movimiento, que ponía literalmente los pelos de punta. 

Todo tuvo su espacio en una paleta expresiva que no solo fue de riquísima variedad, sino que encontró, en cada momento, el color y clima adecuados. Se creó, se vivió esa tensión. Los largos segundos en los que el público respetó el silencio tras la devastadora desolación transmitida en el tramo final de la obra son el mejor testimonio de hasta qué punto el Casals consiguió transmitir con total impacto la tremenda intensidad de la obra.

Bien distinto es el último cuarteto escuchado, el “Noveno”. Dedicado a su tercera esposa, Irina Antonovna, la obra ve la luz en 1964 y repite la estructura del anterior en cinco movimientos enlazados, pero con los dos movimientos lentos intercalados entre sendos movimientos rápidos. 

Nos trae una música con otra vibración, contrastada, en algunos momentos estática (el “Moderato con moto” inicial), pero que no elude el tránsito por lo más dramático, como el precioso, pero en buena medida estremecedor canto inicial de la viola en el inicio del primer “Adagio”, maravillosamente dibujado por Cristina Cordero. Y hay buena muestra del Shostakovich más sarcástico y hasta grotesco (“Allegretto”), como también del más rotundo, con esos rasgos de furiosa obsesión que tanto aparecen en la música del ruso (aquí en el rotundo “Allegro” final). 

Encontramos, en fin, tremendos efectos, como el recitativo del chelo en el último movimiento sobre un inquietante trémolo de los otros tres instrumentos, seguidos de unos pizzicati del chelo que Arnau Tomàs ejecutó con impactante intensidad. 

El éxito fue, como cabría esperar, muy grande. Y merecidísimo. El Casals está absolutamente inmerso en esta música y la transmite con una perfección e intensidad realmente formidables. Muy comprensible que la sala de Cámara del Auditorio estuviera hasta arriba de un público entusiasmado.