Después de más de treinta títulos, Julian Barnes (Leicester, 1946) se retira de la carrera literaria a la edad de ochenta. Lo hace con “Despedidas” (Anagrama, 2026), una pequeña obra que consigue situar al lector en la tesitura de los últimos momentos de la vida. El británico nunca abandona el componente reflexivo, ya sea, en sus libros de ficción literaria, novela filosófica o ensayo. Su obra más reconocida es “El loro de Flaubert” (1984) que le alzó en el panorama literario para que, más tarde en 2011, ganara el Premio Booker con “El sentido de un final”.
Barnes, en efecto, ha confesado que “Despedidas” será su último libro y en él vuelve a apostar por una fórmula que ha usado magistralmente para mostrar su cara más íntima y reflexiva, la combinación de estilos: entre el ensayo, la novela y la no ficción. Abraza sin temor su mezcla literaria en la cual se muestra tan cercano que tutea al lector. Recurre nuevamente a los temas de la memoria y esta vez los afronta desde la perspectiva de su edad.
El libro narra un relato de memoria e identidad, y paralelamente cuenta una historia real que había prometido a los protagonistas no escribir nunca. Ellos, Stephen y Jean, se embarcan en un amor universitario gracias a la amistad que ambos tienen con Barnes. El amor idílico de la pareja terminó cuando sus caminos se separaron, tal hecho también hizo que la amistad con el autor acabara. Y es que la relación amorosa era, asimismo, el nexo que posibilitaba dicha amistad. Por esa razón, para el joven Julian fue también, aunque en otro sentido, doloroso.
Casi cuarenta años después, Barnes vuelve a actuar como celestina y provoca un reencuentro entre los protagonistas para aprovechar, lo que los amantes expresaron como la “última oportunidad de ser feliz”. Esta historia le sirve de escenario en el que repensar los tiempos de la vida, los tiempos del amor y de las relaciones. Ofrece una meditación sobre la cohesión entre los recuerdos y la realidad de las personas, sabiendo que la desconexión intermedia conlleva misterios irresolubles.
Al mismo tiempo, Barnes cuenta de una forma sosegada y quizá bastante estoica, la convivencia que sobrelleva con su cáncer (“incurable pero tratable, suena como… la vida, ¿no?”). Quiere transmitir que cuando se ve el final acechando, es un hecho irresoluble, pero, por otro lado, ofrece la posibilidad de despedirse conscientemente. Maneras hay incontables, y no es tan transcendental el cómo, porque el privilegio es poder hacerlo. Cerrar el círculo es contar con el conocimiento sobre uno mismo, saberse el relato propio construido a partir de memorias únicas (aunque sean inverosímiles en la realidad, tiene capacidad constitutiva de la identidad).
Se percibe un tono melancólico, pero de vez en cuando, añade un golpe de ironía para evitar todo afán de cursilería. Toda la obra es un destape de algunos eventos de su vida privada con los que se entrevé su pensamiento. Para quienes no lo conocían, pueden intuir su trayectoria personal y para quienes lo hayan estado siguiendo, será una delicia de conclusión intimista.
A base de relatar diferentes tipos de despedidas, Barnes hace la suya propia sin caer en dramatismos. Aprovecha el término de su escritura literaria para imbricarla con su vida e imponerse antes de que llegue la muerte. Hace un repaso por sus reflexiones más profundas sin palabrerío grandilocuente, como si su objetivo fuera sencillamente conversar con el lector. Se distingue un Barnes naturalmente inseguro, pero conforme; elogia lo que tiene la vejez, sin sobrestimaciones; por eso mismo, prefiere no caer en la degradación de su escritura, que evidenciaría lo inevitable y entonces la vida (o la muerte) atribuiría injustamente un cierre infortunito.