“El ángel de la guarda”, Fleur Jaeggy consigue inquietarnos de nuevo

“El ángel de la guarda”, Fleur Jaeggy consigue inquietarnos de nuevo

Hace más de 50 años, la excepcional Fleur Jaeggy (Zurich, 1940) publicó “El ángel de la guarda” y en 1974 llegó por primera vez a España. Ahora Tusquets ha vuelto a reeditarla y sigue sin dejar a nadie indiferente. La escritora Suiza es internacionalmente conocida por obras como “Los hermosos años del castigo” (1989) o “Proleterka” (2001). En 2025 recibió el premio Grand Prix de la Literatura Suiza reconociendo así toda su obra, aunque mayoritariamente escribe en italiano. Como es una persona muy reservada, no se conoce mucho acerca de su vida privada pero, se pueden identificar algunos elementos autobiográficos en sus novelas. Esta obra podría entrar dentro de lo que ha solido categorizarse en su literatura como “Novelas Metafísicas”. La escritora suiza combina distintas narrativas como relato, novela y teatro, lo cual revela la forma que lleva la trama en sí. Una intriga inagotable, un suspense que lejos de resolverse, propone más dudas. 

Esta pequeña obra de apenas 100 páginas abarca mucho más de lo que aparenta. Dos hermanas prácticamente idénticas, acomodadas en un régimen represor, discuten sobre temas muy avanzados para su edad. Aquel panorama sobre todo induce algunas sensaciones expectantes. Desde el primer momento que comienza, la propia lectura susurra que algo no va bien. La sospecha de que dos niñas de cinco y siete años dialoguen en un registro tan formal hace que se enciendan todas la alarmas en la cabeza, pero finalmente nunca se apagan. Sin ningún atisbo de explicación para las situaciones que se dan, Jaeggy simplemente permite que se navegue hacia distintos rumbos. 

Las protagonistas, Jane y Rachel, están la mayoría del tiempo en casa, donde viven con su tutor, Bodvit. Suelen enredarse en complicadas conversaciones sobre reflexiones filosóficas y comparten un fuerte desapego por el mundo. Tales disertaciones sobre la vida, la muerte, el poder… van tintadas con una frialdad turbadora que delata el estado de represión emocional de las niñas. 

Las hermanas son tal para cual, tanto que la una no se explica sin la otra. Hasta el punto de que tanta semejanza empieza a convertirse en unificación y entonces, se da toda una reflexión sobre la identidad. ¿Qué sentirías si una sombra te persigue constantemente? Jaeggy nos muestra los vestigios más profundos de la intimidad personal. Quizá por eso se captan de una forma tan imprecisa, tan oscura. 

En este universo hermético, Bodvit actúa como una presencia extraña cuya función nunca llega a determinarse del todo. Y es que lo importante no está en lo que hace, sino en lo que no hace. Representa esa instrumentalización a la que están sometidas las niñas y la falta de naturaleza afectiva. Habría que descubrir toda sus motivaciones, o tal vez sean mandatos, pero Jaeggy lo deja todo abierto a conjeturas. 

Toda la obra está impregnada de un desasosiego que se va intensificando a medida que el lector avanza. Hasta el punto donde se llega a asumir un silencio de certezas, nada más lejos de la realidad. La lectura será en sí misma un ejercicio de mera observación del devenir, pero nunca se descubrirá más de lo que al principio ofrece. Es del tipo de libros que necesitan reposo, de los que hacen preguntarse ¿qué acabo de leer? y hacen que la incomodidad persista sin garantías de resolución. 

“El ángel de la guarda” no es una lectura complaciente ni busca serlo. A pesar de su corta extensión, hay que dedicarle tiempo, atención y aplicarle algo de reparo. Cada página emite cierta inquietud en la que se hace más necesaria una introspección hacía los rincones de uno mismo. Jaeggy exige una reflexión sobre la condición humana, donde se hace evidente su astucia y se puede llegar dudar sobre si la posibilidad de la hermanas para reflejarse la una en la otra, llega a ser virtud.

 @estaciondecult