Con “Amarilla” (La Bella Varsovia, 2025), Marta Sanz (Madrid, 1967) regresa a la poesía con un volumen que no se lee tanto como una colección de poemas, sino como una larga respiración sostenida entre el dolor y la lucidez. Después de la contundencia narrativa de “Clavícula”, “Pequeñas mujeres rojas” o “Farándula”, la autora madrileña se desnuda aquí con una franqueza radical. Si en sus novelas el cuerpo era un personaje más –a veces incómodo, a veces militante–, en “Amarilla” se convierte en el verdadero protagonista, en el escenario donde el tiempo y la memoria dejan sus huellas.
El amarillo del título no es un mero adorno cromático. En la poética de Sanz, el color es una atmósfera, una emoción, un diagnóstico. “Todos los poemas me salen amarillos”, confiesa la autora en los últimos versos, y ese tono irradia a lo largo del libro como una luz enferma, que ilumina y quema al mismo tiempo. El amarillo de la bilis, del azufre, de los hospitales; pero también el de los atardeceres que, a pesar del dolor, siguen siendo hermosos. Es una melancolía eléctrica, como si la poeta hubiera decidido enfrentarse al deterioro físico y moral con la potencia de un foco que no se apaga, aunque tiemble. “No existen/ ni el dolor pequeño ni el dolor grande. / Existe el dolor”, escribe.
Sanz escribe desde la edad y el cuerpo, desde la conciencia de un tiempo que ya no promete nada, pero que sigue sucediendo. En sus versos, la enfermedad no es solo una dolencia privada, sino una forma de conocimiento. La carne envejece, se arruga, duele, y en esa materia que se resiste se cifra una verdad política. Porque lo íntimo, en la obra de Sanz, nunca se despega de lo social: el envejecimiento es también un acto de resistencia ante una cultura que canoniza la juventud, la delgadez y la productividad.
A lo largo del libro, los poemas se abren como heridas o como recuerdos que supuran. Hay una voz que se asoma a la infancia, otra que dialoga con los padres ausentes, otra que intenta comprender la pérdida de las amistades, de la energía, del deseo. Otra que es herida al ver las muertes de Gaza. Pero lejos de la autocompasión, Sanz elige la ironía, la acidez, la observación exacta del malestar. Su lenguaje, siempre afilado, evita el sentimentalismo y prefiere la tensión entre lo tierno y lo feroz. En este sentido, la poeta que conocimos en “Perra mentirosa / Hardcore” o en “Vintage” parece haberse hecho más contenida, más precisa, pero también más vulnerable.
Esa vulnerabilidad, sin embargo, no desemboca en debilidad, sino en una ética de la exposición. En un mundo que confunde el silencio con la prudencia, Sanz insiste en hablar. Sus poemas son una forma de no callar ante la enfermedad, ante la injusticia, ante la guerra o la decrepitud. “El alto el fuego en Gaza supone la aniquilación de cuatrocientos seres humanos en menos de veinticuatro horas. / Hay hambruna. / La población de este país se hace vieja a un ritmo uniformemente acelerado. / Quizá es mucho mejor no estar aquí/ para no verlo. / Esto es poesía. / Consolación de la muerte”. El yo poético de “Amarilla” se niega a esconder la ruina, y al hacerlo, la convierte en un gesto político.
El dolor personal se convierte en una manera de mirar el mundo, en una posición frente a lo colectivo. Hay versos que recuerdan la brutalidad del presente –las guerras, la precariedad, la violencia contra las mujeres–, pero nunca desde la consigna: lo social aparece como una grieta que atraviesa la piel, como una interferencia inevitable en la experiencia íntima. “Nuestro cuerpo no nos pertenece, / pero es lo único que poseemos/ a fin de cuentas”.
En comparación con su obra narrativa, “Amarilla” prescinde de máscaras. En novelas como “Daniela Astor y la caja negra” o “Farándula”, Sanz construía personajes y tramas para canalizar su crítica cultural; aquí, la mediación desaparece. La poeta no es actriz ni espectadora, sino cuerpo y voz, materia y lenguaje. En “Amarilla” lleva esa idea a un terreno más abstracto y poético, donde la palabra busca ser cicatriz y espejo.
El resultado es un libro de ritmo denso, de imágenes potentes y casi táctiles. Hay versos que se deslizan como un hilo de pensamiento, con una cadencia que recuerda a la prosa poética, y otros que estallan en destellos de furia o ternura. La musicalidad es sobria, a veces casi seca, como si cada palabra hubiera sido limada hasta dejar solo lo necesario. No hay complacencia ni ornamento: la belleza, cuando aparece, es una forma de precisión. Marta Sanz escribe desde el límite, desde una claridad que no pretende consolar, sino mostrar lo que duele con la nitidez de una lámpara quirúrgica.
Leer “Amarilla” puede resultar exigente. Es un poemario que no se agota de una vez, que pide tiempo, atención, cierta disposición al vértigo. La autora no ofrece alivio ni metáforas amables; lo que ofrece es una compañía lúcida para quienes saben que el dolor también es materia del pensamiento. Sin embargo, hay una ternura subterránea que recorre todo el poemario, una especie de amor fatigado por la vida, por el lenguaje, por el mundo, incluso en su estado de ruina. La poeta parece decirnos que todavía se puede escribir, todavía se puede mirar, aunque la luz –amarilla, inevitablemente amarilla– sea la del ocaso. “Amarilla” es elegía luminosa y brutal que confirma que, incluso en el crepúsculo, la palabra puede seguir ardiendo.