Patrimonio, memoria y justicia en “Tierra de sueños”

Patrimonio, memoria y justicia en “Tierra de sueños”

El autor vizcaíno Félix G. Modroño (Portugalete, 1965) abandonó su trabajo en el sector financiero para dedicarse exclusivamente a la literatura. Al parecer, fue esta una decisión acertada, pues su obra cuenta con numerosos lectores y ha ganado galardones como el Premio Ateneo de Sevilla.

Su obra más reciente, “Tierra de sueños” (Destino, 2026), se trata de una ficción histórica al más puro estilo de una novela de aventuras, con tintes románticos y policiacos. En ella, se entrelazan dos líneas temporales separadas por casi setenta años, pero unidas por el exilio, la memoria, el amor y el patrimonio cultural. Ambientada en la posguerra española y el México contemporáneo, la obra explora el vínculo profundo entre ambos países y las consecuencias humanas, emocionales e históricas del desplazamiento y el desarraigo.

Bastante conocidas son las oleadas de refugiados españoles que tuvieron que huir del país tras la derrota del bando republicano, pero lo son menos las historias de los niños de Morelia y del tesoro del Vita. En 1937 llegó a Veracruz el Mexique, un barco en el que viajaban centenares de niños republicanos, cuyos padres los embarcaron rumbo a México para alejarlos de la guerra. Dos años después, ya establecida la dictadura, el Vita cruzó el Atlántico transportando un tesoro de valor incalculable, que se dirigía a México para financiar la causa republicana en el exilio. Así, el autor retoma estos sucesos para vertebrar una de las dos partes de la novela: Ana y Mateo son dos jóvenes santanderinos que se habían enamorado antes de que estallara la guerra, pero que pronto fueron separados; Ana embarcó en el Mexique y Mateo fue llamado a filas. Sin embargo, quizás su amor pueda continuar, pues Mateo es uno de los responsables de proteger el tesoro en México. 

El otro hilo narrativo da un salto de casi setenta años y tiene como protagonista a David, un arqueólogo español que tendrá que ir en busca de una pieza precolombina robada del Museo Arqueológico de Madrid. Conocerá a María, arqueóloga mexicana convencida de que recuperar arte expoliado es un acto de justicia, aunque implique romper la ley. 

Los capítulos de una y otra trama se van intercalando alternadamente para crear una novela fácil de leer, llevadera y entretenida. Sin embargo, no está exenta de debilidades. En ocasiones, con la intención de pintar un cuadro evocador del ambiente mexicano, el autor recurre a clichés culturales que simplifican la complejidad del país, al mismo tiempo que hacen algo superficial la novela. Esta tendencia también se refleja en ciertos momentos de la trama romántica, donde el tono se vuelve excesivamente sentimental, rozando en algunos momentos lo cursi. Así, el libro puede resultar en algunos momentos previsible, lo que provoca que el lector eche en falta la presencia de una voz y un estilo más personales. 

Sin duda, lo más interesante es el debate sobre la restitución de obras expoliadas durante la era colonial. Este dilema, encarnado en el personaje de María, plantea una cuestión profundamente vigente: ¿a quién pertenece realmente el patrimonio cultural? La novela sugiere que muchas piezas conservadas en museos occidentales no llegaron allí de forma legítima, sino como resultado de relaciones de poder desiguales, expolio o colonialismo. Desde esta perspectiva, la devolución de estas obras no sería un robo, sino un acto de reparación histórica.

Sin embargo, el libro también muestra la complejidad del problema. Los museos han contribuido a preservar estas piezas y a integrarlas en el patrimonio cultural global. Esto plantea un conflicto entre el valor universal del arte y el derecho de los pueblos a recuperar su herencia.

Aunque el autor no desarrolla este debate con la profundidad que merece, su inclusión añade una dimensión ética que enriquece la novela. Invita al lector a reflexionar sobre la memoria, la justicia histórica y el legado del colonialismo, conectando el pasado con debates contemporáneos aún sin resolver.

En conclusión, “Tierra de sueños” es una novela ambiciosa que combina historia, romance y reflexión sobre la construcción de la cultura. Aunque en algunos momentos cae en tópicos, logra construir una historia accesible que recupera episodios históricos poco conocidos. Con todo, su mayor valor reside en su capacidad para plantear preguntas sobre la justicia histórica y los vínculos entre España y México.