El homenaje recibido por el Rey Juan Carlos I en la Asamblea Francesa debería hacer reflexionar a quienes en España, de manera harto mezquina desmerecen su figura, no reconocen el papel determinante que tuvo en el complejo proceso político de transición de la dictadura a la democracia y critican su posible regreso definitivo a nuestro país.
Francia reconoce y premia su libro de memorias ("Reconciliación"), como libro político más destacado del año reconociendo de manera simbólico los méritos de quien, al margen de los errores cometidos en su vida galante y en el manejo opaco de sus finanzas --errores a todas luces criticables--, acertó a conducir con acierto a nuestro país en algunas de las horas más difíciles de la Historia de España.
Juan Carlos I de Borbón heredó del general Franco un poder político absoluto que el dictador blindó estableciendo que como Jefe del Estado lo fuera también de las Fuerzas Armadas. Un poder al que renunció desde el momento en el que impulsó el procesó que culminó en la Constitución aprobada en 1978 que consagró un Estado social y democrático de Derecho en el que la soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado. El intento de golpe del 23F (1981) puso a prueba la sinceridad de esa renuncia y su compromiso con la democracia.
Si el rey Juan Carlos hubiera estado con los militares golpistas aquél 23 de febrero, el golpe habría triunfado. Pero no estaba con ellos y por eso el "putsch" fracasó. Su actuación la noche del 23 F fue decisiva para abortar una conspiración que habría acabado con la incipiente democracia. Suyo fue el mérito y el riesgo puesto que aquél día también él estuvo en peligro como se ha sabido por documentos desclasificado recientemente.
Los errores cometidos posteriormente en el ámbito de su vida familiar, por los que pidió perdón y ha vuelto a hacerlo en el libro, no le justifican porque en puridad un jefe de Estado como personaje público no tiene vida privada, pero en el balance global de su trayectoria como rey de España los errores pesan menos que los aciertos políticos de su reinado. Escucharle dolerse como lo hizo en su intervención ante la Asamblea Francesa -"Nadie es profeta en su país"- conmueve en la medida en la que invita a recordar cómo estaba España y cuán elevado era el riesgo de repetición de una tragedia dada la tensión social de aquellos días que siguieron a la muerte de Franco en los que las semanas se contaban por crímenes de naturaleza política.
Como en tantas otras cosas Francia se nos ha anticipado con el homenaje al viejo rey que está tardando en volver para fijar definitivamente su residencia en España.
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