Inhabiliten a Trump (por favor)

Inhabiliten a Trump (por favor)

Dicen algunos acompañantes de Pedro Sánchez en el avión de regreso de Pekín que el presidente está eufórico. O casi, porque solamente la nube de lo que él considera una 'persecución judicial' contra su esposa, Begoña, arroja un poco de sombra a lo que en Moncloa parece considerarse el sol que brilla refulgente sobre el papel que el presidente español representa en el mundo mundial. Ahí es nada que Xi te diga que estás 'del lado correcto de la historia', o que el Papa, que va a visitar Madrid y Barcelona dentro de poco más de un mes, se haya enfrentado, lo mismo que Georgia Meloni, con el que ya es el Gran Enemigo común: Donald Trump. "Hay que inhabilitarle", susurran algunos en el ejército de los asesores monclovitas, quizá más como un deseo que como una cercana realidad.

Inhabilitar a Trump por su 'evidente discapacidad' para seguir en el cargo con mayor responsabilidad y poder en el mundo: un sueño en algunas cancillerías europeas, que miran con atención hacia la enmienda 25 de la Constitución norteamericana. La verdad es que amigos que son atentos observadores en los Estados Unidos te transmiten lo siguiente: en los círculos políticos de Washington ya no se discute si Donald Trump está o no loco. Lo que se discute es la clase de locura que embarga al habitante principal de la Casa Blanca. Sus formas no son ya groseras, zafias: evidencian alguna anomalía que le hace divertirse comparándose con Jesucristo con la ayuda malévola y torpe de la Inteligencia Artificial, o complaciéndose en instalar la inseguridad jurídica en todo el planeta, incluso con perjuicio para los intereses domésticos.

Sánchez, animado por la perspectiva de acoger pronto a un Papa que presumiblemente lanzará algún venablo en Madrid contra las guerras de Trump y también por la hipótesis de que el inquilino del Despacho Oval va perdiendo apoyos a ojos vista entre los propios escuadrones de MAGA, se ha atrevido incluso a dictar una doctrina multilateral desde Pekín. Una alternativa en toda regla al presente orden mundial 'occidental', dinamitado no por Sánchez, obviamente, sino por el mismísimo Trump, con ayudas inestimables como las de Netanyahu o Putin. Otros dos enemigos rentables de La Moncloa, que ve cómo los apoyos al Gobierno crecen en las encuestas, y no solo en las del CIS, gracias a esta toma de posición en un planeta que anda también chiflado.

Así que el presidente del Ejecutivo español, ya digo que habiendo decretado que 'lo de Begoña' es cosa de pelillos a la mar ("que la Justicia ejerza como justicia", es todo lo que dijo a preguntas de los periodistas ante el acoso del juez Peinado), se sumerge de lleno en profundas aguas internacionales. Como ahora, aún no del todo repuesto del 'jet lag' chino, encabezando una importante 'cumbre' de mandatarios latinoamericanos de izquierda en Barcelona, con el brasileño Lula da Silva, el colombiano Gustavo Petro y, sobre todo, la mexicana Claudia Sheinbaum como invitados principales en Barcelona.

Toda una profecía de por dónde discurrirá la próxima y seguramente clave 'cumbre' iberoamericana de noviembre en Madrid: Sánchez quiere ser el líder indiscutible de la izquierda, aunque para ello tenga que ser mirado con recelos por la UE de la conservadora von der Leyen. Una izquierda papista la de Sánchez, desde luego. Y, al fin, piense lo que piense la señora von der Leyen, también muy europea, que ya no está Orban y la 'ultra' Meloni se ha pasado también, parece, al 'lado correcto de la Historia', es decir, frente al 'insano' Trump. Y, además, ha roto con el Israel de Netanyahu, aliñándose aún más con el 'otro polo' ideológico, es decir, la izquierda de Sánchez.

Yo prestaría mucha atención a estos movimientos estratégicos aconsejados por Moncloa, a la que le importa poco el escaso respeto por los derechos humanos en China: qué más da gato blanco o gato negro si todos cazan ratones, que dijo Felipe González, creo que precisamente en Pekín, parafraseando a Deng Xiaoping. Eso de las libertades y los derechos humanos en la China de Tiananmen ahora, como diría Jordi Pujol en sus mejores momentos, 'no toca'. Lo mismo, al fin, que lo de Begoña, el hermanísimo músico o el proceso que se desarrolla en el Supremo contra el ex hombre de confianza Ábalos: ahora, lo esencial es ese bien planificado, sin duda oportunista -y qué--, movimiento internacional, ambiciosísimo, que quiere resituar a España en el mapa de los que cuentan algo en el mundo. Y a Trump, que lo inhabiliten. Por favor.


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