Dos semanas después de la riada que arrasó buena parte de la provincia de Valencia segando 216 vidas, provocando la destrucción de cientos de viviendas y la ruina de varios centenares de negocios, parecería llegado el momento de exigir responsabilidades políticas.
El cuarteto de la muerte de la Sanidad Pública está formado por la mentirosa ministra de Hacienda, María Jesús Montero, que nos va a colocar a la cabeza de Europa en presión fiscal; la ministra de Sanidad, Mónica García, que piensa que encargar el lavado de la ropa de un hospital a una empresa es "privatizar la sanidad"; la comunista sectaria, Yolanda Díaz, que tiene una visión de la sociedad capitalista, en la que los ricos, lo primero que hacen es comprarse un yate, y ya, enseguida, hacerse un seguro de medicina privado; y el jefe de la banda, Pedro I, El Mentiroso, que quiere que le aprueben los presupuestos, aunque sea a costa de preparar los funerales de la Sanidad Pública.
Siento decirlo, pero me parece un craso error la ofensiva contra la aún vicepresidenta del Gobierno Teresa Ribera, ministra (todavía) para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
"Hay días en los que me avergüenzo de saber leer". Vergüenza de saber leer y vergüenza de saber escuchar.
La política es servicio a los ciudadanos y no servirse de los ciudadanos, utilizarlos para alcanzar los intereses del partido o los personales.
La democracia que yo quiero es una en la que, ante una catástrofe nacional, vemos juntos al jefe del Gobierno y al líder de la oposición buscando soluciones.
Sostenía Borges con ironía que a partir de una determinada edad uno va camino de ser póstumo y deja de tener enemigos.
El Gobierno ha celebrado dos Consejos de Ministros en los que se han aprobado "ayudas" para los afectados por la gota fría mortal que se desató sobre todo en Valencia y que ha costado muchas vidas y muchos daños materiales.
La presentación de un libro 'de memorias' de la que fuese ministra y diputada de Podemos Irene Montero está provocando un cierto revuelo.
Si en las próximas elecciones autonómicas en la Comunidad Valenciana el Partido Popular quiere volver a ser la fuerza política más votada, Núñez Feijóo está tardando en exigir la renuncia de Carlos Mazón.
Politizar lo público es justo y necesario. Incluye una asignación de culpas por la tragedia vivida en decenas de municipios valencianos.
Cuando el poder se adueña del pasado la memoria se convierte en propaganda. Y no hablo de la manoseada "memoria histórica" que reescribe lo sucedido durante y después de la Guerra Civil.
La catástrofe de Valencia exige dimisiones y responsabilidades penales y políticas.
En esta semana que comienza, Pedro Sánchez podría haber acudido a la 'cumbre' iberoamericana de Cuenca, Ecuador, acompañando al Rey, como siempre ha ocurrido en este tipo de reuniones, ideadas e impulsadas económicamente por España: es, de hecho, la única ocasión en la que tradicionalmente el jefe del Estado y el del Gobierno acuden juntos a un encuentro multilateral.
Puede que, como decía Rubalcaba, España sea un país en el que se entierra admirablemente a los muertos.
Han pasado ya doce días desde que el agua arrasó vidas y haciendas en decenas de localidades de la Comunidad Valencia.
Ha muerto la 'era woke' y regresa la 'era trumposa'.
Desde Europa nos cuesta entender a los norteamericanos. Es otro mundo. Les juzgamos con arreglo a criterios y parámetros que no son los suyos o que allí solo encarna una minoría.
Quienes hemos hecho el Servicio Militar, con nuestros ojos de civiles ofendidos, no entendíamos el ritual de las formaciones, los desfiles, ni, mucho menos, las maniobras.
Recibo docenas de 'fake news' cada día: sobre cadáveres en Valencia (hay que ser mala gente), sobre intenciones próximas del Gobierno y hasta sobre las intenciones inminentes de Donald Trump.
Hemos dicho y escrito que los jóvenes se han desinteresado de la política, que son pasotas, reacios al compromiso, que les falta pasión por los problemas sociales.
¿Se imaginan ustedes a Sánchez pidiendo a los socialistas que apunten sus rifles hacia la cara de García Page, solo porque el presidente de Castilla-La Mancha se ha convertido en un cuerpo extraño del PSOE? ¿A alguien se le pasa por la cabeza que un camorrista, xenófobo y delincuente convicto se presente a unas elecciones y las gane en la España de 2021?
Liz Cheney, hija del exvicepresidente Dick Cheney, ambos renombrados exponentes del Partido Republicano, el de Trump, acreditan que lo primero es perfectamente posible en los Estados Unidos, hermano mayor de los países demócratas en todo el mundo.
Aquél pollo disfrazado de mamarracho con cuernos que se despatarró en el sillón presidencial del Congreso de los Estados Unidos cuando, con otros miles de su cuerda, asaltó el Capitolio a instancias de un Donald Trump que había perdido las elecciones, estará hoy contento, tan contento como aterrada la parte de la sociedad norteamericana que no está moralmente enferma: Un delincuente del calibre de Trump vuelve a la presidencia de la nación todavía más poderosa del mundo, a esparcir en él desde ella el siniestro confeti de la maldad en todas sus formas.
La gestión de la hecatombe provocada por la riada que se ha cobrado la vida de más de doscientas de personas ha hecho aflorar algunas de las miserias que colmatan el desagüe de la vida política nacional.