Posiblemente ni siquiera la discutida medida de adelantar el toque de queda a las veinte horas sirva ya para frenar el brutal rebote de los contagios. Ni tampoco para evitar el riesgo de saturación de los hospitales.
El Gobierno decidió, adelantándose incluso a la petición formal de la Comunidad de Madrid y otras zonas de España, aprobar la declaración de zona catastrófica. Es curioso, aunque era su obligación y responsabilidad hacerlo, que apenas unos días después de la gran nevada tanto el ministro del Interior como el de Fomento pusieran en duda la necesidad de hacerlo.
La suspensión y aplazamiento, al menos hasta el final de mayo, de las elecciones catalanas es la demostración empírica mas contundente de la ineptitud absoluta y flagrante del ministro Illa, ese modoso inútil presentado y, ojo, comprado por muchos, como paradigma de la gestión de la pandemia.
El Fondo de Recuperación y Resiliencia que Europa aprobó hace ya meses por fin tiene reglamento. El Consejo de Europa, el Parlamento Europeo y la Comisión Europea han dado su visto bueno y han dejado muy claro que el dinero se desembolsará cuando se presenten los programas, se aprueben y se ejecuten.
Hasta en los tiempos más duros, hay momentos luminosos. Estos momentos nos los han regalado los sanitarios, la UME, los voluntarios y todos aquellos que, una vez más, han demostrado su solidaridad, su empatía con los más débiles.
Cuando están en la oposición los políticos recurren a las críticas como la palanca que les acerca el día en el que llegaran al poder. Por el contrario, quienes están en el Gobierno reciben las críticas como una amenaza a su situación de confort y, en algunos casos -en España abundan-, como una amenaza a su única forma de ganarse la vida.
El año de la recuperación, según las previsiones del Gobierno, no ha podido empezar peor. No sólo estamos viendo cómo aumentan los casos de Covid y los hospitales se tensionan, lo que lleva aparejado nuevas y más duras restricciones, sino que nos ha asolado una ola de nieve y
frío que ha dejado congelada a España.
Si se proclama emperador a Nerón, seguro que acaba incendiando Roma. Sin embargo, Donald Trump, el último titular del trono del decadente imperio americano y trasunto de aquel perturbado de la lira, no ha acabado incendiando su capital, la democracia, la convivencia, la cordura, la política, la sociedad, la educación y el buen gusto, sino que empezó a hacerlo no bien fue designado presidente de los Estados Unidos.
Esta pasada semana conocíamos los pésimos datos de paro de diciembre y del cierre del 2020. Apenas unos días después los de la eurozona. Y España, a la cabeza. No sólo doblamos la tasa de paro de los países de la zona euro, sino que nuestro paro juvenil es superior al 40%, ganamos en esta trágica estadística hasta a Grecia.
Del lado de acá del Ebro llueven las críticas contra Salvador Illa, y contra su jefe político, claro está, por haber dado el salto a la política catalana, que seguramente nunca abandonó, dejando (más o menos) el Ministerio de Sanidad en pleno proceso de -lenta_vacunación de la población y con los rebrotes más furibundos desde que comenzó la pandemia.
Cuando el Presidente del Gobierno anunció por los medios audiovisuales -que domina con tanta maestría como todo lo que hace- que ya estaban las vacunas en España, y que en junio estaría vacunada más de la mitad de la población, sentí esa tranquilidad que siempre me inunda cuando escucho a Pedro Sánchez.
Sobre la celebración de la Pascua Militar, incluido el tradicional discurso del rey, que desempeña como capitán general el mando supremo de las Fuerzas Armadas, planeó el pronunciamiento "epistolar" y "digital" de unos cuantos militares insumisos.
La crisis económica provocada por la pandemia y las malas decisiones tomadas por el Gobierno para paliar sus efectos están detrás del desastroso año 2020 para el mercado laboral.
Soy bastante torpe en la realización de más de una tarea a la vez. No llego al grado de aquél presidente de Estados Unidos, del que se decía que era incapaz de andar y masticar un chicle, pero no voy mucho detrás.
Según pasan los días y arrecia la pandemia lo del ministro Salvador Illa resulta cada vez mas feo. Sus modos educados y untuosos convencen cada vez menos en cuanto se deja al lado la cascarilla educa y aparece la almendra.
La llegada del año nuevo siempre trae un clásico: subida de los impuestos. Lo han hecho secularmente los que gravan el tabaco, el alcohol, la luz, el gas o los carburantes. Y 2021 no va a ser diferente, sino que lo va a ser mucho más.
Cuando el exceso de calendarios no nos había atiborrado de escepticismo, el día de año nuevo era una buena jornada para definir proyectos. Al fin y al cabo, un año por estrenar representa la misma sensación lustral de comenzar un cuaderno nuevo, cuando vivíamos inmersos en la piscina de la inocencia escolar.
La política está hoy tan llena de contradicciones como escasa de rigor. En el mundo, en Europa y, por descontado en España. Estados Unidos ha tenido muy malos presidentes, pero Trump ha sido el peor o uno de los peores.
El presidente del Gobierno tiene la mala costumbre de hacer exposiciones larguísimas, monólogos interminables, en ocasiones reiterativos. El "Rasputín" de la Moncloa, Iván Redondo, debería aconsejarle precisión, como haría cualquier buen asesor: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno, y lo malo, si poco, no tan malo"
Pedro Sánchez hizo balance de la legislatura auditado por un comité "independiente y objetivo", algo realmente raro e inusual. En mi opinión, no hay mejor auditoría que las preguntas de los medios de comunicación, pero ya sabemos que la propaganda es lo que más le puede gustar a este Gobierno.
La cercanía de las elecciones catalanas pone de los nervios a los partidos separatistas. Se pelean entre sí y en el caso de ERC le exigen al PSOE que cumpla el acuerdo que permitió la investidura que hizo presidente del Gobierno a Pedro Sánchez.
La previsibilidad es un bien escaso en el cruce de la pandemia con la banalización de la vida política. Ahora es de agradecer. Véanse las reacciones al mensaje navideño del Rey, casi todas inspiradas en el caso de su padre, Juan Carlos de Borbón, el rey emérito.
Presidencia de Gobierno ha sacado el dedo para señalar a nueve prestigiosos analistas a los que ha encargado que evalúen lo bien que lo ha hecho el Gobierno. Son personas de sólidas biografías profesionales, algunos de reconocida valía, incluso más allá de nuestras fronteras, nada que ver con los febles y asombrosamente flojos currículos de algunos de los que se sientan en la ConsejA de MinistrAs.
Me temo que el mensaje navideño del Rey no dejará contentos a los teólogos de la España republicana y plurinacional, porque en ningún caso será discurso absolutorio del hijo con el padre ni harakiri televisado del hijo para redimir los deméritos del emérito.