Escribo desde Andalucía. La semana pasada estuve en Galicia, Cantabria y, poco antes, en Aragón, En todas partes recibí idéntica respuesta a la misma pregunta que yo formulaba: no, en ninguno de los sitios citados, ni en otros en los que consulté, existe tanta crispación política como en Madrid.
El Consejo de Ministros aprobaba este martes la reducción de jornada a 37,5 horas, después de año y medio de pelea y ninguneo entre los socios de gobierno.
En la España de nuestros días la política oficial hace tiempo que dejó atrás el arte de lo posible para comparecer como una representación, en la que asistimos a un juego de ambiciones en el que determinados actores que carecen de principios imponen al conjunto del país una agenda política orientada a consolidar sus posiciones de poder.
Digámoslo sin rodeos: los sindicatos no convencen al personal.
El castigo de las últimas encuestas a los dos grandes partidos de la centralidad, PSOE y PP (los dos pierden fuelle, aunque más el PSOE), por la escandalosa utilización de las pensiones como pedrada política de ida y vuelta, así como el fracaso de la reciente convocatoria sindical contra la supuesta oposición del PP al "escudo social" del llamado "decreto ómnibus" son las enésimas señales del hartazgo de los españoles con la normalización del despropósito en la vida nacional.
Dice Donald Trump que "arancel" es la palabra más bella que existe. Aun teniendo en cuenta que, por su escasa instrucción, no debe conocer muchas palabras, el hecho de que le subyugue precisamente esa (que no es esa, arancel, sino la voz que viene a significar lo mismo en inglés, "tariff"), podría revelar un cierto refinamiento, hasta ahora impensable, en su persona, pues, si no la que más, la palabra arancel es, en efecto, muy bella.
La política española no siempre se toma la molestia de crear algo verosímil y a veces lo que genera son maniobras que rozan lo sarcástico.
El fin de semana, Sánchez, como por la calle no puede asomar, se va, flanqueado por su coro ministerial y los incensarios, de cónclaves del partido, donde va dejando a los más entregados como capataces del cortijo.
"Estamos volcados con Valencia. El Gobierno está volcado con Valencia".
¿Qué es ser de izquierdas en la 'era Trump'?¿Ir a las manifestaciones de los sindicatos para protestar contra lo que hace o no hace el PP, gritando que 'con los derechos de la gente no se juega'?¿Levantar el puño en el congreso del PSOE de Madrid?¿Criticar en los discursos a Elon Musk? ¿Más economía estatal, de la mano de la SEPI? ¿Subir el salario mínimo y rebajar la semana laboral? El capitalismo más feroz e intransigente nos arrasa -también arrasa a una parte importante de la derecha-y, me temo, desde la izquierda constituida en gobiernos no se sabe darle respuesta.
La Comisión Europea ha iniciado esta semana contactos con todos los implicados en el sector del automóvil.
El clásico enunciado de la 'vieja' economía política, 'más cañones y menos mantequilla', es la receta que al parecer nos prescribe el nuevo amo del mundo, Donald Trump.
No es verdad que en el nuevo Consejo General del Poder Judicial sigan pintando bastos. Las decisiones por unanimidad siguen estando muy caras.
En la cúpula del Partido Popular andan desconcertados. No acaban de entender que Pedro Sánchez siga políticamente vivo pese a las tropelías que ha perpetrado.
A primera vista, comprender la política en este país nuestro es algo bastante arduo: ahí está el Gobierno, virando en veinticuatro horas sobre si debía o no 'trocear' el llamado 'decreto omnibus' o mantenerlo incólume; y el presidente Sánchez decidiendo, en un par de horas, si debía o no comparecer ante la prensa tras el Consejo de Ministros para 'explicar' el giro.
A finales de la primavera de 2018, tras ser investido como presidente del Gobierno Pedro I, El Mentiroso, los sindicatos entraron en una sosegada espera que, tras volver a repetir en el cargo, en 2020, se convirtió en un largo periodo de vacaciones, donde no hubo medida gubernamental -ni en el ámbito laboral, ni en el económico- que provocara algún sobresalto en sus dirigentes, sobre todo después de que se ordenara exhumar el cadáver del Dictador.
Ayer, en una tertulia radiofónica, aposté con una colega, obviamente más sabia que yo, por la hipótesis de que, tras su declaración ante el juez del Tribunal Supremo, el fiscal general del Estado dimitiría.
Dijo que no trocearía el decreto "ómnibus" y lo ha troceado. Donde antes había 80 medidas, ahora solo hay 29, incluida la medida-trampa sobre la devolución del palacete parisino al PNV.
Una empresa china ha sacado una nueva Inteligencia Artificial que ha arrasado en el mercado del ramo, hundiendo rápidamente en la miseria, es un decir, a las que manufacturan los cortesanos tecnológicos de Trump.
La política tiene efectos perversos. Trastorna a los políticos. Les hace decir y hacer lo que han negado diez minutos antes y mentir sin reparo alguno.
Cediendo a las exigencias del prófugo Carles Puigdemont, Pedro Sánchez rectifica y renuncia a volver a presentar el decreto "ómnibus" de medidas de heterogénea y dispar naturaleza que la oposición tumbó la semana pasada en el Congreso.
Se crea empleo y baja la tasa de paro oficial, según los datos de la EPA de 2024 publicados por el Instituto Nacional de Estadística.
Observar el escenario de la vida política española invita a concluir que la clase política cada vez tiene menos capacidad para captar las urgencias cotidianas de los ciudadanos.
La reducción de la jornada laboral vuelve al primer plano impulsada por la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, muy necesitada de visibilidad en su particular disputa con Podemos a la izquierda del PSOE.