Las predicciones económicas nunca son fáciles ni cuando las cosas aparentemente están calmadas. Lógicamente se complican en tiempos de incertidumbre. Por ejemplo, ahora en España es altísima con un gobierno en funciones y una investidura que se antoja complicada y larga.
Es muy difícil asistir impasible al nuevo estallido de odio y muerte en la franja de Gaza entre israelíes y palestinos. Otra vez más, sin que la comunidad internacional sea capaz de poner fin a esa terrible tragedia que dura décadas y que ha acabado con la vida de miles de personas y con la esperanza de todos los que viven allí.
La Cumbre informal de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea y otros líderes del continente celebrada en Granada terminó sin pena ni gloria. Estaban sobre la mesa asuntos de vital importancia como la ampliación de la UE o la inmigración, preocupación agravada estas últimas semanas tanto en Italia como en España, desbordadas por la llegada de cientos de inmigrantes a Lampedusa o Canarias.
Los comentaristas más cínicos y veteranos aseguran que los grandes encuentros de políticos a ellos les sirven, más que para resolver problemas del mundo mundial, para hacerse fotos entre ellos, que sirvan para ilustrar las estanterías de sus lujosos despachos.
Ya sé, ya sé, que en la preceptiva periodística nunca se debe titular con una interrogación, pero no se me ocurre nada mejor para expresar el estupor, el malestar y la sospecha que me producen la actuación de los componentes del Tribunal Constitucional.
En puertas de culminar el proceso de búsqueda de apoyos parlamentarios para conseguir la investidura presidencial, Pedro Sánchez rehúye contestar a cualquier pregunta encaminada a saber sí está negociando conceder una amnistía a los separatistas catalanes de Junts y al resto de enjuiciados por el intento de golpe de Estado del "procés".
La vicepresidenta segunda se quejaba hace unos días amargamente de la 'invitación' de su colega griego de Trabajo a que le imite. Para Yolanda Díaz en el país heleno había vuelto el esclavismo, mientras que para su homologo lo que debía hacer la española era aprender de ellos, ya que España ha conseguido empeorar sus datos de paro y empleo con relación a Grecia.
Sin prisas, pero sin pausas, el avance progresista es imparable y, efectivamente, está cambiando a la sociedad. Matar a una rata va a ser más peligroso que malversar dinero público para tu partido, y, desde luego, como seas un pastor rencoroso que mates al lobo que te destroza el ganado cada semana, más te valdría participar en un golpe de estado, civil y separatista, que tendrá mucho menos castigo.
El Banco de España publicó el viernes los datos relativos a la deuda pública de España que asciende ya a 1,569 billones de euros en el segundo trimestre del año, lo que supone un 111,2% del PIB.
Cualquiera que sean los acontecimientos de este viernes va a ser un viernes de dolores. O para unos o para otros. Porque, al fin y al cabo, duele perder una votación, la que sea. Y a muchos nos duele la inquina y la brecha abierta entre los conservadores españoles separatistas, que se creen superiores, y más listos, de los conservadores españoles tradicionales, o sea europeos, y, por tanto menos pueblerinos, menos catetos de ombligo.
Absténganse los enterradores políticos y mediáticos del líder del PP al que vienen señalando el camino de vuelta a Galicia. En mi humilde opinión, no deshabitada de prejuicios desfavorables, su liderazgo sale reforzado de la sesión de investidura.
Al negarse a dar réplica a Alberto Núñez Feijóo en la sesión de investidura, Pedro Sánchez ha cruzado otra línea roja. En este caso, la del exigible respeto a las normas y usos parlamentarios democráticos.
El candidato a la presidencia, Núñez Feijóo, presentó en el Congreso su programa de gobierno. Muy probablemente no lo podrá llevar a cabo por falta de apoyos, aunque podría lograrlo, si hubiera decidido renunciar a ambiciones personales y renegar de los principios constitucionales, un precio que, como dijo Feijóo, no está dispuesto a pagar.
Alberto Núñez Feijoo merecía una réplica del presidente del Gobierno, y no de un telonero. El candidato y líder del PP presentó una propuesta quizá mejorable, pero seria y trabajada. Una alternativa que hubiera debido suscitar mayores ilusiones, pero alternativa al fin a lo que tenemos y a muchos no les gusta por muy diversos motivos.
Coincidiendo con la llegada del otoño se habla de la puesta en marcha de dos nuevos proyectos políticos. Llegarían del brazo de la añoranza de algunos ciudadanos que estuvieron en la política y de otros que sin haber estado en la primera línea sí que participaron en diversas aventuras políticas.
El INE publicaba esta semana una catarata de revisiones del dato de PIB de los últimos tres años. Lo más relevante que quería expresarnos, a mi juicio, es que España recuperó los niveles previos a la pandemia ya el año pasado y no en 2023.
No, no soy un exagerado, ni me he sentado a escribir este artículo, después de venir de una despedida de soltero, o una reunión de antiguos alumnos. Simplemente, soy un aficionado a la Historia, me gusta leer, todavía no he perdido la memoria, y asocio unos hechos con otros.
La inteligencia artificial es sólo un corta-pega, pero también un arma de destrucción masiva que se pone en manos de cualquiera. La locura de las nuevas tecnologías, que percute particularmente en los más jóvenes, hace el resto.
Es absolutamente normal y muy frecuente que las estadísticas de distintos indicadores como el PIB se ajusten un tiempo después de que se publique el avance. Muchas veces los institutos encargados de elaborar los datos lo hacen público sin tener cerrados algunos datos o cómo han evolucionado los días finales, en este caso del trimestre.
Hay políticos de los que se diría que el pasado les sienta mejor que el presente. Es el caso del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo. No está teniendo suerte. Habiéndola tenido y sobrada antes en Galicia, su tierra natal.
Hace poco, en una entrevista, dije con plena consciencia que las redes son, hoy, el refugio de canallas y cobardes. No venía de una despedida de soltero, ni de una cena conmemorativa de alguna promoción, porque me recuerdo a mi mismo de mañana, descansado y sobrio.
Empiezan las lenguas cooficiales en el Congreso. Catalán, euskera y gallego. La cosa, complicada técnicamente, cuesta un millón de euros al año. Perfectamente asumible, a mi entender, si con eso se contribuye a una integración regional y cultural en el templo de la democracia.
Exageran quienes aseguran que Pedro Sánchez haría cualquier cosa por conservar el poder. Puede, sí, que para lograr el apoyo de Puigdemont a su investidura, esté dispuesto a hacer concesiones extremas, incluso imposibles, pero, humano al fín, hasta él tiene sus límites: por nada del mundo aceptaría que Irene Montero y sus amigas volvieran a ocupar el Ministerio de Igualdad.
Bajo la Dana, el tren de borrascas y tormentas, que vamos a vivir, estamos viviendo ya, es la de las mentiras. Un oscuro e inmenso frente de falsedad, ocultación, tergiversación y mendacidad que se va a abatir sobre todos nosotros hasta empaparnos, calarnos hasta los huesos para que acabemos por decir que lo que vemos, olemos, palpamos, catamos y oímos no es lo que parece y es, sino todo lo contrario.