A la vista de lo ocurrido en Extremadura está claro que, al convocar elecciones el 23 de julio, Pedro Sánchez calculó los problemas que tendría el PP para administrar los resultados de su victoria en los comicios locales y autonómicos de mayo.
Las campañas electorales en España siempre tienen algo de atípico. Hasta de un poco chusco. Que toda la controversia gire ahora en torno a si lo políticamente más correcto es hablar de 'violencia machista', de 'violencia intrafamiliar' o de 'violencia contra las mujeres' me parece que son ganas de enmarañar un asunto que ha de estar bien claro: ni la menor violencia, maltrato, insulto, desigualdad o discriminación es tolerable. Y punto.
A Pedro Sánchez no se le puede negar el aplomo con el que defiende lo indefendible. En ocasiones por encima de la evidencia. La más reciente durante una entrevista con Carlos Alsina, en Onda Cero.
Basta ver las listas electorales de todos y cada uno de los partidos para el 23J para descubrir que no se ha buscado a los mejores, a los más expertos, a los que más pueden aportar, sino a los más leales, a los más fieles, a los que seguirán disciplinadamente lo que dicte el aparato del partido y a quienes hay que salvar porque, si los que están en el poder pierden, se quedarán en la calle.
Pintan bastos para el PSOE en las encuestas. La derrota sufrida en las elecciones locales y autonómicas y su consecuencia más visible, el relevo de poder a favor del PP, está configurando un escenario con el que no contaban los estrategas de La Moncloa cuando animaron a Pedro Sánchez a plantear los comicios del 28 de mayo como un
Enrique Jardiel Poncela, una de esas personas de gran talento que, de vez en cuando, nacen en España, dejó escrito -no sé si en una de sus obras de teatro o en alguna de sus atrevidas y casi surrealistas novelas- que en Murcia había mucho tomate.
Uno de los éxitos de la izquierda es haber conseguido generalizar un marco mental según el cual en España hay extrema derecha (Vox) pero no su contrapartida: la extrema izquierda que en puridad es lo que representa Podemos.
Primero, las auto exculpaciones: no, no simpatizo con Vox en general ni, menos aún, con bastantes de sus postulados y actitudes en particular. Ni creí jamás, hasta ahora, que saldría a defender al partido de Santiago Abascal, a quien conocí años atrás en Bilbao, en una de mis columnas.
La inopinada convocatoria anticipada de las elecciones generales -inopinada e intempestiva dada la fecha, un 23 de julio, en plena canícula-, suscitó la duda de si favorecería la abstención.
Los toreros de salón mueven la chaqueta en el patio de la tasca, demostrando lo valientes que serían ante el toro, si en lugar de chaqueta tuvieran una muleta, y los ecologistas de despacho decretan la destrucción de embalses y azudes, exhibiendo lo preocupados que están por la ecología del planeta, y la escasa importancia que les produce la ruina de pueblos españoles.
No me gustaría tener un gobierno de la nación con Vox. Tampoco en las comunidades autónomas y, en menor medida en los ayuntamientos. Lo he dicho varias veces. Ni por su estilo ni por sus formas ni por algunas de las propuestas que lleva en su programa.
Colocar dos elecciones tan decisivas a menos de dos meses de distancia ha situado al país en una interinidad política que mostrará, de nuevo, que España funciona al margen de quienes pretenden representarnos.
España es el único país de la Unión Europea donde en algunos de sus territorios está penalizado el uso de la lengua del Estado. Ni en Bélgica, con los flamencos; ni en Reino Unido, con los escoceses, ni en Francia, con los corsos, existen este tipo de problemas que avecindan con la demencia y la proscripción del sentido común.
No sabemos si las elecciones, adelantadas por intereses personales del presidente Sánchez, solucionarán o no los problemas de España y mejorarán las condiciones de vida de sus ciudadanos, pero lo que está claro es que, al ir inmediatamente después de las locales y autonómicas, bloquean durante meses la vida política y económica de todo un país y, seguramente, provocan más problemas de los que pretende resolver.
Sobre el vuelo de cuchillos en que se han convertido las negociaciones de "yolandistas" y "pablistas" para recomponer la oferta electoral a la izquierda del PSOE planean las proyecciones demoscópicas de cara al 23 de julio.
Llegaron en 2011, año fundacional del movimiento 15 M, exigiendo "democracia real" porque -ellos- "no eran marionetas en manos de políticos y banqueros". De la mano de Pablo Iglesias, profeta de la causa que les había prometido "asaltar los cielos", acamparon en las plazas de las principales ciudades españolas, rodearon después el Congreso al grito de "¡No nos representan" y más tarde, ya con el nombre de Podemos, en 2015, consiguieron, vía elecciones, entrar en el Parlamento con 69 diputados.
Afortunadamente, en el último minuto se ha impuesto el sentido común y la delegación de diputados alemanes que tenía anunciada una visita a Doñana decidió abortar el viaje. Pretendían inspeccionar la situación de los cultivos de fresas en el entorno del Parque.
En el estado mayor de Sánchez ya han asumido que la calle es territorio hostil para el líder. La facilidad con la que el presidente atrae al ciudadano cabreado aconseja preservarlo del contacto directo con el pueblo soberano.
Los teléfonos echaban humo este fin de semana, ante la indiferencia del pueblo llano. Los partidos configuran no solo sus alianzas, posibles o imposibles: también configuran sus listas, quiénes pueden ir en puestos de salida para ocupar un escaño desde septiembre, quiénes se quedan fuera del paraguas protector y cálido del Congreso y el Senado.
Siendo el objetivo permanente de Pedro Sánchez la conservación del poder, a costa de lo que sea la estrepitosa derrota sufrida por el PSOE el domingo, que apareja una gran pérdida de poder institucional -ayuntamientos, comunidades autónomas, diputaciones- parece que ha trastornado su percepción de la realidad.
Conste que, tras consultarlo con los más prestigiosos responsables de las casas de encuestas, de ninguna manera pienso que la opción Pedro Sánchez pueda ganar las elecciones del 23-j.
Este sábado tenemos comida familiar, y veré reunidas a mis cinco nietas. He pensado mucho en ellas, antes de ponerme a escribir esta columna, porque me han impresionado las consecuencias perversas que tienen las leyes mal redactadas, y cómo influye en los jueces esa irracionalidad que denominamos "políticamente correcto" .
Ya está en marcha la campaña del miedo al grito de ¡Que viene VOX!. En la dirección socialista tienen claro que más que debatir de programas y de proyectos de futuro es mejor azuzar la polarización, a un lado PSOE y las llamadas fuerzas progresistas, al otro un "coco" bipolar formado por PP y VOX.
La desesperación del presidente del Gobierno ha alumbrado un relato absurdo, por no decir surrealista. Y no lo digo tanto por la inesperada decisión de adelantar las elecciones, que también, sino por la posterior explicación sobre los motivos que han inspirado dicha decisión.