Al elegir el domingo 23 de julio como fecha para anticipar las elecciones, en plena canícula, Pedro Sánchez quizá no cayó en la cuenta de que estaba consiguiendo un montón de "amigos". Ese día media España estará de vacaciones en la playa, en la montaña o de viaje por el extranjero y la otra mitad estará disfrutando del puente de Santiago Apóstol.
Cuando uno vuelve la vista atrás y comprueba que dentro de unas horas se cumplen cinco años de aquella moción de censura que colocó a Pedro Sánchez en La Moncloa, no puede sino estremecerse: ¿de verdad han pasado tantas cosas, tantas anomalías políticas, tantos sobresaltos, de veras se ha pretendido cambiarlo todo tanto en apenas un lustro? De entonces, aquel junio de 2018, solo quedan cinco ministros (presuntamente a punto de dejar de serlo), la dirección del PSOE ha cambiado radicalmente, ha estallado una coalición imposible, han desaparecido las principales figuras de la política nacional.
La inopinada convocatoria anticipada de las elecciones legislativas el 23 de julio, golpe desesperado de Pedro Sánche para intentar conjurar el desastre del PSOE en los comicios locales y autonómicos, está generando todo tipo de conjeturas acerca de las razones para adelantar los comicios.
La verdadera moción de censura, y la que ha triunfado, obligando a Sánchez a disolver las cámaras y convocar elecciones, ha sido la del 28-M. El trastazo descomunal que se ha metido el PSOE, a quien han sacado a votazos de ayuntamientos y comunidades autónomas, ha dado, como segunda parte de la ecuación, que el acorralado líder haya optado por la única salida, personal, que le quedaba.
Llevo varios años viviendo en esas urbanizaciones impersonales, donde su amplitud, y la complejidad de los servicios, requieren la contratación de un gerente, que a su vez se encarga de los empleados de jardinería, limpieza, mantenimiento, etcétera.
La decisión de Sánchez de disolver las Cortes y convocar elecciones generales para el 23 de julio tiene varios componentes: audacia, desafío, coartada en defensa propia, revulsivo, apuesta al todo o nada y un punto de desesperación.
El día clave tenía que ser el domingo, el 28-M, pero la clave se pasó al lunes. Será que los resultados de las elecciones no tenían tela que cortar como para que, a las pocas horas de conocidos, cualquier otro suceso político viniera, si no a oscurecerlos, sí a solaparlos, pero la decisión del presidente del Gobierno de adelantar las generales al 23 de julio ha dejado su dilucidación para otro día, o para nunca.
Una consulta de urgencia entre algunos socialistas más o menos relevantes me ofrece un resultado que deja poco lugar a la duda: con el órdago de adelantar las elecciones generales al 23 de julio, Sánchez está extremando su temeridad y "seguramente está dando las llaves de La Moncloa a Alberto Núñez Feijoo, aunque él pretenda lo contrario".
A la desesperada, tras el triunfo aplastante del PP en las elecciones autonómicas y municipales, Pedro Sánchez ha decidido convocar elecciones legislativas para el próximo 23 de julio. Es un órdago muy del estilo del personaje.
Decía algún digital, este sábado de reflexión, que Pedro Sánchez, a la vista de tanto escándalo y escandalito, con la presidenta madrileña hasta insinuando un pucherazo electoral, estalló con un grito de "¡campaña de mierda!" ante algunos colaboradores.
Estoy algo desanimado, porque la propuesta de trabajar cuatro días a la semana, sin que disminuya la nómina, parece sepultada. Más aún: coincidí el martes pasado con el ejecutivo de una multinacional, que estaba en España sondeando el mercado, y me dijo que sus jefes le habían preguntado si lo de los cuatro días a la semana iba en serio.
España no es racista, pero hay racismo en muchas capas sociales y en muchos españoles, no sólo entre los hinchas de los estadios. España no es una sociedad violenta, pero hay violencia y no solo en los campos de fútbol.
Contra el brote racista de Mestalla se han puesto las pilas todas las partes interpeladas. Policía, fiscales, clubes de fútbol, los organismos federativos, Gobierno, partidos políticos, medios de comunicación y opinión pública en general.
España no es un país racista pero en nuestro país hay muchos ciudadanos que son racistas. Se retratan a través de los gritos xenófobos que jalonan el transcurso de partidos de fútbol entre equipos en cuyas plantillas figura algún jugador de raza negra.
Una cosa es, y absolutamente necesaria por cierto, sustituir cuanto antes los combustibles fósiles por energías renovables, y otra, muy distinta, que el caos y los perjuicios que se están produciendo por la implantación masiva, especulativa y desordenada de éstas se normalicen por considerarlos el necesario peaje de dicha sustitución.
Siempre me han alarmado esos mapas en los que se pinta a España de rojo o de azul, según los territorios que la izquierda o la derecha hayan conquistado en las elecciones. Dos Españas, al menos dos, consolidadas hasta en los grafismos.
Los tontos contemporáneos ya mandan en Hollywood, y la inclusión va a ser la norma. "Los Ángeles Times" publicó, hace tiempo, los requisitos para conceder los Óscar a partir de 2024 y, tras leerlos, me creí que la pareja de Pablo Iglesias y toda la pandilla de la tarta se habían trasladado a Estados Unidos.
En pleno debate sobre decencia y legalidad en el caso de los cuarenta y cuatro ex etarras incluidos en las listas electorales de Bildu, la Fiscalía ha venido a recordarnos la doctrina del Tribunal Supremo sobre la legitimidad de la izquierda abertzale en base al principio universal de que a nadie se le puede estigmatizar por lo que piensa sino por lo que hace.
La verdad es que introducir a ETA en el vértice de una campaña electoral que debería tener el carácter de municipal y autonómica, es decir, local, resulta del todo incomprensible. Entre otras cosas, porque la banda del terror lleva disuelta desde los tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, más de una década ha.
La renuncia de algunos candidatos de Bildu, antiguos miembros de la ETA que fueron condenados por asesinato, cambia de pantalla el escenario, pero no anula el escarnio político que supone su presencia en las listas junto a una treintena más que también fueron miembros de la banda terrorista.
Una tradicional y antigua jota aragonesa, dice "Ni contigo, ni sin ti/ tienen mis males remedios:/ contigo, porque me matas/ y sin ti, porque me muero". Se la deberíamos cantar los casi tres millones de ciudadanos españoles que hemos votado al PSOE, al PP y a Ciudadanos y que --en las situaciones reñidas electoralmente-- hemos sido determinantes para designar al presidente del Gobierno.
El trágala de Arnaldo Otegi a Pedro Sánchez colocando a antiguos miembros de la banda terrorista ETA en las listas de candidatos de Bildu ha trastocado el carácter de los comicios locales del 28M.
No me importa que EH Bildu lleve en sus listas municipales y autonómicas a decenas de asesinos, cómplices o apoyos activos de ETA en los peores años del terrorismo. Me importa que haya cientos de miles de ciudadanos que les voten y que sigan defendiendo a los que mataron y torturaron a inocentes.
Prometer construir miles de viviendas o favorecer mediante avales del ICO la contratación de hipotecas destinadas a la compra de una vivienda, más que dar una solución, lo que hace es señalar una insuficiencia.