Pese a que vivimos tiempos en los que chefs e influyentes ocupan el lugar antaño reservado a los filósofos y demás pares del Parnaso, conviene no desdeñar algunas de sus observaciones.
Lo peor es que nos vamos acostumbrando a todo: a ver piernas amputadas en Ucrania y niños famélicos en Gaza.
Estamos ante una de esas parejas temibles para cualquier economía: pagamos unos impuestos tan altos como los de cualquier noruego, pero cobramos como un español de antes de que España ingresara en la Unión Europea.
Si se bombardea un hospital es seguro que caerán sanitarios y pacientes, pero en Gaza es otra cosa, pues allí la calculada perversidad de los que bombardean parece haber ideado una suerte de crímenes contra la humanidad de aprovechamiento: Se trata de aprovechar la presencia en el hospital de periodistas haciendo su trabajo para, con la misma bomba, quitar de en medio a los que dan testimonio de ese horror.
Los fuegos que han arrasado miles de hectáreas en Galicia, Castilla y León y Extremadura no solo han evidenciado la insuficiencia de medios y la falta de previsión a la hora de retirar la maleza que cubre los montes.
España es un país que muestra mucha más eficacia en la exigencia de responsabilidades tras las catástrofes que en la puesta en marcha de soluciones y ayudas a los afectados.
Hace muchos años leí con pasión el maravilloso conjunto de cuentos al que Julio Cortázar puso como título genérico el de 'todos los fuegos el fuego'.
España se enfrenta a una de las transformaciones más profundas de su mercado laboral y de su sistema de protección social en las próximas décadas.
Es probable que usted ya esté empacando, listo para el regreso, si es que no ha regresado ya, casi olvidadas las vacaciones incendiadas.
Con precipitación y antes de lo previsto --estaba siguiendo un tratamiento médico en Cantabria, que debí interrumpir--, hago las maletas para regresar a mi hogar.
Como saben la mayoría de quienes se han ocupado de una corresponsalía, en Europa o en Estados Unidos, encontrar una noticia en los periódicos, referida a España, es bastante difícil.
Digo yo que Protección Civil, en esta hora de llanto y aflicción para tantos que han perdidos sus tierras, su ganado, sus hogares, su hábitat e incluso a algún ser querido, está precisamente para eso: para proteger a los ciudadanos de los daños que los desastres naturales causan.
Perdón por la auto cita, pienso que necesaria por el contexto. Hoy he vuelto a presentar mi último libro.
El mercado de la vivienda en España atraviesa una situación crítica que amenaza con convertirse en un problema estructural para toda una generación.
Sí, el juez Peinado, como el dinosaurio de Monterroso, seguía allí cuando el presidente de la cuarta potencia de la Unión Europea despertó, para su mal, del sueño vacacional en La Mareta.
Como cuando en 1938 el primer ministro británico, Neville Chamberlain, accedió a que Hitler se anexionara la región checoslovaca de Los Sudetes, Donald Trump da hoy el visto bueno a Putin en su despojo de un quinto del territorio de Ucrania.
Hasta el alcalde Bilbao, Juan Mari Aburto, un buen alcalde, un hombre sincero, sencillo, honesto, en la línea de los grandes alcaldes de Bilbao, como Iñaki Azkuna, se deja llevar a veces por los prejuicios, la ideología y el oportunismo.
Sí, Pedro Sánchez tardó demasiado, al menos una semana, en abandonar las impenetrables paredes de la Mareta para regresar fugazmente a la península y ver con sus propios ojos el espectáculo dantesco de una España calcinada.
Me impresionaron las palabras que escuché en una radio de boca del alcalde un pueblo de Orense: "ya da igual que se reaviven o no los incendios; aquí ya no queda nada por quemar".
En las circunstancias excepcionales es cuando los seres humanos mostramos lo mejor y lo peor de nosotros mismos.
El mundo se divide en dos clases: las buenas personas y las malas. Todo lo demás, la raza, el color, el sexo, la inteligencia, la belleza es casi anecdótico, superficial.
El inteligente uso de la ironía no está al alcance de cualquiera. Desde luego, no de Feijóo y sus vacaciones sobrevaloradas, y menos aún del consejero de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, quien, interpelado por hallarse de banquete festivo en una feria de muestras en Gijón mientras su comunidad ardía por los cuatro costados, se creyó en la obligación de hacerse el gracioso en la modalidad en la que ni él ni el jefe de su partido pueden brillar nunca.
Los peores incendios son los morales. Los que van por dentro, quemando la verdad, la decencia y el buen sentido.