Después de la despedida del 22 toca saludar al novísimo 23, marcado por la incertidumbre económica, dentro y fuera de España. derivada de una fatiga ucraniana sin visos de cancelación. Más visible es la verificada tendencia al desgaste de unas indolentes tropas rusas frente a un ejército ucraniano muy motivado que, además, cuenta con el mayoritario apoyo de la comunidad internacional.
No es por incordiar, pero China está cerca. Sin menospreciar la utilidad psicológica que puedan tener los buenos propósitos para el nuevo año, dejar de fumar, comer más sano, andar más y esas cosas, éstos no bastan para atenuar el canguelo que inspira un 2023 que se presenta, ya desde sus primeros balbuceos, muy inquietante, o, cuando menos, lo suficiente para dejar lo de abandonar el tabaco, comer brócoli y usar más las piernas para mejor ocasión.
Todo pronóstico acerca de un adelantamiento de las elecciones legislativas pertenece al ámbito de la política recreativa, porque salvo el propio Pedro Sánchez nadie sabe lo que está pasando por la cabeza del presidente del Gobierno en este arranque de año.
Entre la reconquista de la calle tras el encogimiento por Covid y las insoportables cifras de la violencia machista, pasando por la cancelación de Vasile o la ruptura de Vargas Llosa con Isabel Preysler, ha llovido mucho.
Hace muchos años, conocí a Cristina Kirchner en la sede de la embajada Argentina en España. Le hacía una entrevista, desde los estudios, Iñaki Gabilondo, y a mí me enviaron para que hiciera una semblanza del personaje.
La justicia es la virtud nuclear de un Estado sano y todo lo que estamos viendo estos días, el intento de condicionarla, acosarla, controlarla, desmontarla y someterla a los partidos dominantes deja un diagnóstico evidente: el Estado está enfermo.
El Gobierno sigue empeñado en dar la razón a la madre del dirigente del PP, Joseba Pagazaurtundúa, asesinado por ETA, y una tras otra pone en pie reformas y llega a acuerdos que, como dijo en su momento, nos hielan la sangre.
Vamos mal. El penoso espectáculo provocado por los enfrentamientos entre políticos en el Parlamento rebota y se estanca entre las togas del Tribunal Constitucional y crea crispación.
La seguridad jurídica, la separación de poderes, el debate parlamentario sosegado y razonado, la coherencia en la propuesta de leyes, son, entre otros, elementos esenciales en una democracia. Comprendo que existen asuntos más apremiantes para la ciudadanía, desde la inflación hasta el mantenimiento de la paz y el amor navideños; pero lo cierto es que los últimos días han sido pródigos en momentos de alteración de esa normalidad democrática que los españoles reclamamos.
Creo recordar que fue el escritor Manuel Vicent quien en una visita a Cuba, cuando leyó esos carteles que rezan "Revolución o muerte", observó que eso era una redundancia. Pido perdón, porque el encabezamiento de este artículo sea una redundancia, puesto que hablar del totalitarismo secesionista es lo mismo que referirse al agua húmeda o al desierto árido.
El Robin Hood tradicional robaba a los ricos para dárselo a los pobres, y su figura -nacida de la leyenda, de la invención y de la realidad- fue siempre fuente de simpatías de los humildes, que admiraban a quien se enfrentaba a los más ricos.
¿Tiene razón Alberto Núñez Feijóo cuando dice que presentar una moción de censura al Gobierno solo favorecería a Pedro Sánchez porque no dan los números para que pudiera prosperar? La pregunta permite más de una respuesta.
Hay preocupación generalizada por la situación política, por la degradación de las instituciones, por la elaboración defectuosa de leyes que causan efectos perversos, sin que nadie asuma ninguna responsabilidad, por la elaboración de leyes "ad hominem" para beneficiar a unos pocos a cambio de votos, por la incapacidad para alcanzar consensos, por la división de la derecha y por la fragmentación de la izquierda.
¿Merece realmente la pena meterse en un lío legal de todos los diablos, enfadando hasta a parte de los tuyos, para beneficiar a menos de cuarenta personas? ¿Es aconsejable agravar el frente de guerra ya abierto con una mayoría de los jueces con tal de situar en el Tribunal Constitucional a dos personas que, dicho sea con todos los respetos, son las menos idóneas para ocupar esos puestos? Pedro Sánchez cree que sí: que esas cuarenta personas representan a muchos 'agravios' del independentismo catalán con el que no queda más remedio que negociar una 'conllevanza'.
Decía Talleyrand que lo excesivo resulta irrelevante. Y seguramente irrelevantes parecen los excesos verbales con los que los contendientes políticos de las dos Españas tratan de descalificarse.
Ya sabíamos, por el viejo refranero, que "dos que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma condición". Y ha habido tantas siestas, tantos días y tantas noches, en las que Pedro I, El Mentiroso, se ha encamado con los comunistas y secesionistas, que el PSOE ya actúa con un estalinismo de libro.
Dijo Alberto Núñez Feijoo en la celebración del aniversario de la Constitución que él podrá y procurará entenderse con "el nuevo PSOE", es decir, el que se perfile tras la salida de Pedro Sánchez de la secretaría general, por más que nadie sea capaz de adivinar siquiera en estos momentos quién sería el sucesor del actual inquilino de La Moncloa.
A fuerza de asistir a las contorsiones del lenguaje para justificar lo injustificable, parece que a nadie le sorprende ya escuchar al presidente del Gobierno defendiendo la idea de que la derogación del delito de sedición puede encajar en una supuesta agenda de "pacificación" de Cataluña, de la que ya fueron hitos destacados los indultos a los separatistas condenados por el Tribunal Supremo.
Estimado director:
Copio a continuación la misiva que he enviado a la aseguradora médica DKV, después de que me hayan rechazado sistemáticamente la realización unas pruebas pruebas prescritas por mi médico.
Uno lleva ya muchos aniversarios de la Constitución a cuestas. Algunos de ellos han coincidido con fechas preelectorales --no es difícil en España--. Nada es nuevo: ni la tensión, ni las versiones edulcoradas del Gobierno, ni las acusaciones y el 'no a todo' de la oposición.
La banca española, dicho así en genérico, no tiene buena fama. Ya se encargaron los socialistas en la era Zapatero con la ayuda de Podemos de ponerla en la picota. Aún hoy, muchos españoles creen que Rajoy salvó a la banca en vez de a los ciudadanos en la crisis financiera.
Mal momento ha elegido el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, para sostener públicamente que España está atravesando por "el peor momento institucional vivido desde la Constitución de 1978".
Hace unos días tuve la oportunidad de moderar el debate anual que anualmente organiza el Foro por la Convivencia del Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid. El tema era "el respeto y los valores como herramienta para fortalecer la convivencia en los centros escolares".
Sabido es que el cuatro es el número cabalístico de la política española: cuarenta y cuatro años se cumplen este martes desde que se promulgó la Constitución, firmada por un Rey, Juan Carlos I, que fue jefe del Estado español durante cuarenta años tras los cuarenta de la dictadura franquista.