El cambio de postura de España respecto al conflicto del Sáhara Occidental se ha hecho de repente y sin anestesia. O sea, sin la previa preparación del terreno que, en nombre del realismo político, hubiera dado a la opinión pública española la oportunidad de ir haciéndose a la idea de que no tiene sentido mantener bloqueado el conflicto.
La fórmula monclovita de estimación del número de asistentes a una manifestación, cocina Tezanos, es el resultante, en el caso de las "malas" (campo, caza, derecha etc) de dividir por tres la afluencia real.
Al parecer, se puede apelar a la legalidad internacional en unos casos sí y en otros no.
La posición del Gobierno de España contra la sanguinaria invasión rusa de Ucrania parte de la justa condena de la violación de esa legalidad que otorga seguridad jurídica, establecida por la naciones, a la integridad territorial de los peublos y al derecho a trazar libremente su destino, pero, simultáneamente y con opacidad y alevosía, su posición ante el conflicto del Sáhara, determinada hasta hoy por la mala conciencia de haber traicionado en su día al pueblo saharaui, ha girado de súbito hacia la aceptación de la escandalosa quiebra de la legalidad internacional que supone la ocupación y anexión de su territorio por otro país, Marruecos, ejecutadas precisamente cuando entre España y el Sáhara se había iniciado con todas las bendiciones legales el proceso de descolonización.
El inesperado y secreto cambio de criterio del Gobierno de Pedro Sánchez sobre el Sahara, ahora precisamente, tiene que ver con la imposibilidad de enfrentar una doble crisis migratoria.
Los precios de la energía y de los alimentos siguen subiendo, pero el Gobierno ha decidido que hay que esperar hasta el 29 de marzo para tomar medidas que palien el drama que están viviendo empresas y hogares.
La espectacular subida de los precios de la energía que viene produciéndose desde el pasado mes de abril se está llevando por delante decenas de empresas, arruinando a miles de autónomos y empobreciendo a millones de hogares.
Cuando, hace exactamente dos años, comenzó nuestro confinamiento, ignorábamos que íbamos, en estos veinticuatro meses, a contemplar cosas que jamás en nuestras vidas habíamos visto.
El único desabastecimiento que hay, pese al esfuerzo de una patronal del transporte para que con su huelga inoportuna lo haya de la mayoría de los suministros, es el de dinero en el bolsillo de buena parte de los españoles, esto es, de aquellos que ya llegaban raspados a fin de mes con sus escuálidos salarios, y que hoy, con el brutal aumento de los precios de todo, no llegan ni raspados ni sin raspar.
La política consiste en tomar decisiones a sabiendas de que, al asignar los recursos presupuestarios, la tajada que se llevan algunos dejará en ayunas o descontentos a otros.
La vicepresidenta económica se niega por ahora a revisar sus previsiones para este año con la excusa de que nadie sabe cómo y cuándo va a terminar la guerra emprendida por Putin.
En La Moncloa preocupa que Alberto Núñez Feijóo acabe presidiendo el PP. A Pedro Sánchez le iba mejor con un Pablo Casado como jefe de la oposición disminuido por los líos nternos de su partido y apocado por el avance de Vox.
Bastantes amigos y compañeros han criticado a Borrell por recomendar que bajáramos un poco la calefacción, pero no sólo habrá que hacer eso, sino dentro de tres o cuatro meses bajar las frigorías del aire acondicionado.
Plenos derechos para todas las mujeres cuanto antes. Ninguna discriminación ni en su vida personal ni profesional. Igualdad real. Presencia equilibrada en todos los órdenes de la vida, también en los económicos o en los institucionales.
La implosión, concepto propio del mundo de la Física, llevado al ámbito de la política es un fenómeno que podría describir la actual fase de tensión interna por la que atraviesan en Unidas Podemos.
España tiene en materia económica muchas asignaturas pendientes. La modernización del mercado laboral es unos de ellos, a pesar de las reformas que los distintos gobiernos han ido aprobando.
A pesar de Podemos, Bolsonaro, Evo Morales, Kim Joung-un y compañía, la opinión pública mundial se decanta por ponerse al lado de Ucrania. No es que nos haya dado a todos un arrebato belicista, es que este país está siendo atacado por Rusia.
El pasado es prólogo. Quien nos iba a decir que volveríamos a ver manifestaciones con el "No a la guerra" en las pancartas, pero la vida es lo que no esperamos. Así que este 8 de Marzo -Día de la Mujer-, en el día del triunfo de Venus, se ha cruzado Marte, el dios de la guerra.
Belarra y Montero, las ministras de Unidas Podemos, bajo la batuta de Pablo Iglesias, en lugar de condenar la salvaje agresión de Putin a Ucrania, de formar parte del grupo de los demócratas y de salir a la calle en manifestaciones contra la guerra, piden diálogo y adiós a las armas para callar los misiles y los tanques agresores de Putin.
El equipo de expertos contratado por la ministra de Hacienda ha parido el ratón. Unas 800 páginas para contentar a María Jesús Montero y hacer un agujero en los bolsillos de los españoles de 15.000
El jefe de la Fiscalía Anticorrupción, Alejandro Luzón, aprovechó el ruido de las bombas en Ucrania para soltar el bombazo que se esperaba desde hacía tiempo: el rey emérito no será imputado, su camino penal queda despejado y la ruta de regreso a España queda desbrozada.
El rey emérito no se sentará en el banquillo. Las tres diligencias abiertas contra él (comisiones Ave, cuentas opacas y elusión de impuestos) han sido archivadas porque la Fiscalía del Tribunal Supremo no ha encontrado causas para querellarse contra él ante el alto tribunal.
Hay malas noticias para Ucrania y la Unión Europea: Cirilo I está rezando para que las fuerzas del mal, las que se oponen al avance de las tropas rusas, se debiliten. Cirilo I es el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, y es paisano de Putin, porque ambos nacieron en San Petersburgo.
Europa es un campo sembrado de cadáveres. Unos, más antiguos, casi polvo ya; otros, más recientes. En el barranco de Babi Yar, a las afueras de Kiev, se amontona la memoria de los 34.000,
La invasión de Ucrania por Rusia no ha puesto patas arriba únicamente el orden internacional sino cambios en la perspectiva de algunos países sobre asuntos tan importantes como los suministros de materias primas y la dependencia energética de Rusia.