A lo largo de las dos últimas décadas se ha consolidado en el universo mediático español una tendencia ya convertida en tesis doctoral. La vara de medir y el embudo de colar de la corrupción y la conducta dependen de la adscripción ideológica en la que se inscribe el sujeto, que no tiene por qué ser político.
Por primera vez en mucho tiempo, el Partido Popular ha cambiado los ataques y las descalificaciones --muchas justificadas-- a Pedro Sánchez por una propuesta de medidas para cambiar la deriva económica que nos amenaza a todos, entre otras cosas por la falta de ideas del Gobierno.
Decía André Gide que solo se pueden tomar en serio los asuntos de los que uno se puede reír. Nada más cierto, sí se piensa bien. Basta con observar la sobreactuación de los dirigentes políticos catalanes independentistas ante la revelación de las presuntas escuchas telefónica de las que habrían sido objeto algunos de ellos.
El otro día, en lo de Carlos Herrera, José María Fidalgo hizo una interesante observación, refiriéndose al olvido generacional, y comentó que él se acordaba perfectamente de los asesinatos de ETA, porque asistió a más de un funeral, pero que a gran parte de las nuevas generaciones les suena a un acontecimiento ocurrido hace mucho tiempo.
Feijoo ha decidido demostrar que su llegada a Génova 13 no es solo un cambio de caras en el principal partido de la oposición, si no que significa nuevas propuestas. Tras su reunión el martes con los sindicatos y la patronal, a los que explicó detalladamente el plan que va a proponer a Sánchez el viernes, hoy lo ha hecho ante el Comité Ejecutivo de su partido.
No se sabe a ciencia cierta quién espió a los secesionistas catalanes, pero lo más probable es que hubo algún comisionista por medio, siquiera fuera "facilitando" la compra del Pegasus.
El presidente del Gobierno concedió el lunes una entrevista y de nuevo desperdició la ocasión para transmitir a los españoles la realidad económica a la que nos estamos enfrentando.
Sin novedades reseñables en el discurso del presidente del Gobierno, tras su paso por Antena 3 este lunes. En todo caso, lo previsible:
En el terreno económico, insiste en desdramatizar la espiral inflacionista ("será coyuntural", sostiene) y anuncia que las pensiones no perderán poder adquisitivo.
En esto estamos:
A la pandemia, ya sin mascarillas y con información bajo secreto, custodiada, escondida.
A Macron y Le Pen, con votos ajenos, votos prestados, votos negados.
No me imagino a Alfonso Fernández Mañueco apadrinando una cruzada recentralizadora ni a Feijóo permitiéndolo sólo por garantizarse el favor de sus socios ultraderechistas en el gobierno de la Junta de Castilla y León.
Alfonso Fernández Mañueco podría haber sido elegido presidente de Castilla y León sin contar con el apoyo de los diputados de Vox. Habría bastado con la abstención del Partido Socialista.
Nos encontramos en una situación peligrosa, donde observamos con inquietud, si va a comenzar o no la III Guerra Mundial. Unos pocos, claro, porque los seres humanos no somos muy aficionados a predicciones que nos vayan a causar disgustos.
Las grandes empresas, comenzando por la Banca, han llevado a cabo costosas inversiones en digitalización. Esas inversiones se recuperan con el recorte de plantillas en pocos meses.
Vivimos tiempos en los que hay que recordar hasta lo que es evidente: la Historia no se puede cambiar por decreto. Se puede falsear o tergiversar pero no se puede cancelar. Ni sesgar hurtando el conocimiento del legado de los siglos.
A lo largo de la comparecencia virtual del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, ante las Cortes Generales de España reunidas para la ocasión, planeó el reproche de que Europa estuvo tocando la lira mientras el tirano ruso afilaba las garras.
La publicación de los datos de paro y afiliación a la Seguridad Social siempre provocan controversia. No es algo nuevo de este gobierno intentar vender algo positivo, aunque hayan sido objetivamente peores de lo previsto.
Ni Aznar ni Rajoy ni Fraga. El "padrino" de Alberto Núñez Feijóo es Romay Beccaría, otro gallego ilustre, sabio, sensato y curtido en mil batallas. Con él dio sus primeros pasos en Galicia y en Madrid en el Ministerio de Sanidad y luego en el INSALUD y desde entonces le sigue escuchando.
El Gobierno es especialista en llegar tarde y mal. La gestión de las crisis no es precisamente su fuerte. A pesar de las lamentaciones de Sánchez el martes en el Congreso, de todos los males bíblicos que lleva "soportando", nuevamente han sido incapaces de afrontar, en esta ocasión, los efectos de la invasión rusa de Ucrania.
El Gobierno lleva meses mareando la perdiz. Desde que los precios de la energía se desbocaron y la inflación comenzó a ser altamente preocupante, poco ha hecho para mitigar sus efectos en empresas y hogares.
El mundo se encuentra en una crisis cuyo desenlace nadie sabe. No hay profeta, ni adivino, ni siquiera experto en política internacional, que pueda aventurar, con algún margen de acierto, cómo va a terminar la locura del psicópata de Moscú.
El Gobierno asegura que está dando explicaciones "desde el minuto uno" sobre el cambio copernicano de política en relación con el futuro del Sáhara. Cambio que de facto supone aceptar la soberanía de Marruecos sobre aquél territorio que fue colonia española.
Perdone esta incursión en el terreno de lo personal, pero pronto comprobará que lo exige el guión: me encuentro recluido en casa, afectado por el Covid. No puedo salir a almuerzos y desayunos de trabajo, ni a encuentros informativos, ni hablar directamente con las fuentes (por teléfono siempre es más complicado).
Pedro Sánchez ha estado de gira por Europa. El presidente ha tratado de convencer a sus socios de que la mejor idea para reducir los precios de la energía es desacoplar el precio del gas del de la luz.
No sé pero me parece que Pedro Sánchez aún no ha terminado de asimilar que ser presidente de Gobierno en un país democrático exige ajustarse a unas normas y, por tanto, no puede hacer y deshacer a su antojo.