Hasta el 27 de agosto se ha pospuesto un encuentro entre los responsables máximos de educación y sanidad para ver qué diablos hacen con el retorno a la escuela. Mientras, millones de españoles se preguntan qué harán con sus hijos dentro de dos semanas: vuelta a las aulas sin más, o solo telemáticamente o, simplemente, no ir y aguardar acontecimientos.
La deuda pública ha crecido en más de 88.000 mil millones tras la pandemia y el propio Gobierno calcula que lo hará en otros 50.000 hasta final de año, con lo que superará ampliamente los 1,3 billones de euros, el 115 por ciento de nuestro Producto Interior Bruto, cuando el Plan de Estabilidad recomienda que no supere el 60 por ciento del PIB.
Mantener la ficción de que el curso escolar comenzará como si tal cosa, apenas con la innovación circunstancial de unos geles hidroalcohólicos, unas distancias imposibles entre los alumnos y una mascarillas, no sólo no contribuye a tranquilizar a padres, profesores y alumnos, sino tampoco, y principalmente, a que el curso 2020-21 comience.
Uno, como todos los días, se lanza a recorrer las portadas de una treintena de periódicos nacionales y se queda petrificado de terror. Todo es obvio y lógico pesimismo, todo son malas noticias: los rebrotes furiosamente descontrolados, la economía que se nos va a pique, el emérito aparece en el peor sitio posible, millones de españoles se preguntan, sin hallar respuestas, si llevarán o no a sus hijos al colegio dentro de dos semanas.
El virus, que nunca se fue, reaparece cada vez con mayor fuerza. Sánchez, tras proclamarse vencedor del mal, se solaza en la playa. El Gobierno comete idénticos errores que hace seis meses y Simón el "carraca" sigue diciendo las mismas mismas sandeces. Una sociedad avestruz, pueril e inerte, prefiere no verlo. Y Pedro se alegra muchísimo de que así sea porque de esta manera a su chamán Redondo le resulta mucho más fácil vender el bálsamo celestial que todo lo cura.
A la admiración y al cariño que en el pueblo español suscita el portugués, habrá que añadir un sentimiento menos noble, el de la envidia: tiene nuestro vecino un presidente elegido por él que, encima, le ha salido bueno.
Negros presagios acompañan el regreso de las vacaciones. Como si los partidos, todos en su conjunto, no tuvieran bastante con la gravedad del número de contagios, la batalla política del otoño se perfila a cara de perro.
Una como ola de tristeza embarga este verano las portadas de los periódicos y desanima las ya desangeladas cenas vacacionales. El país que, hace apenas ocho meses, era el más alegre y bullicioso del mundo se ha trocado en un espacio lánguido, en el que ni se fuma, ni se bebe, ni se viaja, ni se liga. Y esto también --también, porque no solo-- es culpa del coronavirus, al que tampoco --tampoco-- los españoles hemos sabido hacer frente.
En el mes de julio saqué un billete de avión con Ryanair con destino a Dublín. Me atrajo el texto que anuncian en su web oficial que aún hoy se puede leer: “Ryanair renuncia a la tasa de cambio de vuelo”. Y para más datos cuentan que “sabemos que tus planes pueden cambiar, así que hemos eliminado nuestras tasas de cambio de vuelo en todas las nuevas reservas para viajar en julio, agosto o septiembre. Esto significa que puedes cambiar la hora, la fecha o incluso el destino de tu vuelo para que disfrutes de una total flexibilidad y tranquilidad. Cambia tu vuelo de forma gratuita a cualquier fecha antes del 31 de diciembre del 2020, y paga solo la diferencia de tarifa. Esta oferta sólo es aplicable a las nuevas reservas realizadas después del 10 de junio para viajes en julio y agosto y a las nuevas reservas realizadas después del 16 de julio para septiembre y la diferencia de tarifa seguirá aplicándose”.
Doña Isabel Celáa Diéguez llegó al descubrimiento revolucionario de que los hijos no eran de los padres. Se refería al aspecto educativo, claro, porque si afectara a lo genésico viviríamos en una sociedad con un preocupante y sospechoso porcentaje de hijos de puta.
La Xunta de Galicia, en aras de su lucha contra el coronavirus, restringe drásticamente el fumar en lugares públicos, incluyendo la calle y las terrazas.
¿Es todavía posible un fogonazo de ilusión en política? Claro que sí. Bueno, no hablo del secarral de esta España nuestra, sumida en la crisis política más grande que yo recuerde desde la muerte de Franco.
Hasta que con ese nombre se creó una poderosa industria, se decía que el ocio era la madre de todos los vicios, y eso que no existía aún propiamente el "ocio nocturno", pues el ocio de la noche se empleaba en descansar, en dormir, o en tratar de hacerlo, bien que sólo aquellos que debían restaurar fuerzas para poder trabajar y seguir ganándose la vida así, un día más, honradamente.
El indicador avanzado referido a España, el que anticipa la evolución del ciclo de la economía es, según la OCDE, el que peor cara muestra de todos los miembros de la organización. Mientras la tendencia general es que se refuerzan los signos de recuperación en los dos últimos meses, la economía española muestra lo contrario.
"Cuando llegue septiembre, todo será maravilloso", decía la letra de una canción de los sesenta, que interpretaba María Ángeles Fernández Rodríguez, una cantante granadina más conocida por el nombre artístico de "Gelu". El archivo de la memoria me la ha rescatado de la carpeta de hace ya medio siglo, merced a los informes bancarios que afirman que, en este año de 2020 -al que le quedan poco más de cuatro meses para concluir- más de la mitad de los españoles vivirán, viviremos, de los presupuestos del Estado, que se endeudará todavía más para poder subsidiar el paro generado por ese ERTE tan prolongado, que comienza como una medida provisional y termina, como diría un argentino, en el orto del paro.
Al personal de colegios e institutos, docente y no docente, se le puede pedir en las actuales circunstancias un esfuerzo más sobre los muchos que de ordinario hacen para sacar adelante su tarea en un país que no mima precisamente la Educación, pero no se le puede pedir que se transforme de súbito en personal sanitario, de rastreo, de desinfección y de policía. Y eso es lo que le pide, y con un talante algo borde por cierto, el consejero del ramo de la Junta de Andalucía, Javier Imbroda, empeñado en que el próximo curso arranque de forma presencial así caigan chuzos y coronavirus de punta, y resignando la responsabilidad moral sobre la salud y la vida de los educandos y sus familiares en los trabajadores, docentes y no docentes, de los centros escolares.
Toda España es una encuesta. Las que se conocen y las que se guardan en la manga los diversos poderes. Las del CIS y las otras, a su vez de muy variado pelaje. Quienes han de estudiarlas todas y sacar conclusiones llegan apenas a una unánime: el desconcierto de los españoles ante una situación que nunca antes habían vivido es mayúsculo. La protesta contra la falta de transparencia a todos los niveles, casi unánime. Y el temor a un futuro que se concretará ya en septiembre con casi toda su crudeza, enormemente mayoritario. Son, te dicen quienes creen saber, todas tendencias negativas, matizadas por muy escasos ánimos constructivos.
En el Evangelio del Buen Secesionista (EBS), el bálsamo de Fierabrás que soluciona todos los problemas individuales y colectivos es la Independencia. A partir de ahí el pueblo será feliz, los sosos contarán los chistes con gracia, los torpes de cerebro poseerán inteligencias asombrosas, los desafortunados en lides amorosas serán correspondidos, etcétera, etcétera.
Dos cosas he de elogiar, entre un cúmulo de reproches, a Pedro Sánchez: una, su defensa de la forma de Estado, que es la contenida en la Constitución que él prometió defender. La otra es que nos haya dejado claro, sobre todo que se lo haya dejado claro al interesado, que Pablo Iglesias no es el 'número dos' del Gobierno, sino que lo es la vicepresidenta segunda, Carmen Calvo. Y es la señora Calvo, ahora que el presidente se nos ha ido de (pese a todo merecidas) vacaciones a La Mareta, quien ejerce interinamente la presidencia del Gobierno. Para bien, para mal o para ambas cosas.
Del florilegio de tópicos y lugares comunes que glosan el sayonara del rey-bis destaca el que, señalando el temor de que el que queda pudiera verse arrastrado por él, determina que una cosa es el rey, la persona, y otra, la "institución", dejando así a salvo, por arte de birlibirloque, la Monarquía reinstaurada "post morten" por Franco, bien que avalada de aquella manera por un referéndum en el que ésta entraba en el lote de la reinstauración que sí necesitaba y quería abiertamente la mayoría de los españoles, la de la democracia.
Resulta difícil imaginar una mayor sarta de errores en una gestión de comunicación como la que ha empañado esa 'operación salida' de Juan Carlos I no solo de La Zarzuela, sino incluso, parece que se pretende, de la Historia de España. Su marcha fuera del país, mal e inverazmente explicada en un comunicado que pretendía que esta salida era una iniciativa exclusiva del llamado emérito, se ha presentado casi como una huida vergonzante, casi un exilio, cuando no es, a mi juicio, ni lo uno ni lo otro: el afán de secretismo, la falta de transparencia -y de esto hay que culpar al Gobierno, pero también al entorno que no siempre aconseja bien a Felipe VI_ ha provocado situaciones tan increíbles como que el jefe del Gobierno del Reino de España diga públicamente que ignora el paradero de quien ha sido jefe del Estado, y padre del actual jefe del Estado, durante cuarenta años.
Hay una España, y muy numerosa, hasta quizás mayoritaria a la que le resbala que se oculten, que se siguen escondiendo, 20.000 muertos, que la engañen una vez tras otra, que no solo se traga la mentira sino que la jalea y la aplaude, hay un España que ha convertido en héroe a un mentecato que aseveró que la pandemia serían como mucho cuatro casos, que las mascarillas eran un estorbo innecesario, que estaba todo bajo control y que no había problema en irse de manifestación multitudinaria y que ayer, hoy y mañana seguirá calzando embuste tras embuste y simpleza tras simpleza, muy sonriente siempre, ya no se sabe si por ineptitud supina o por mendacidad sumisa, a una población, y, esto es lo inaudito, que lo exhibe en camisetas, sacándonos la lengua y se parte las manos aplaudiéndole. Supongo que es porque lo consideran de los suyos, y por serlo ya tiene bula para insultarnos, porque eso es lo que lleva haciendo Fernando Simón desde hace meses: mintiendo y burlándose de nosotros, también de quienes le aplauden, con absoluto y total descaro. Tan absoluto que ha expresado incluso, que ellos, él y el ministro Illa no han cometido error alguno.
1.- No había ni Plan B ni Plan de Desescalada. Los hechos están demostrando que, tras el estado de alarma, el Gobierno dejó a las autonomías toda la responsabilidad y se volvió a su guarida como si ya hubiera hecho solucionado el problema y no hubiera sido necesaria una coordinación nacional. Es más, preveía que los rebrotes serían en octubre. Fernando Simón ha negado que, como se nos dijo en su día, los expertos hubieran hecho un Plan de Desescalada. Muchas autonomías, tampoco. Ni medidas en la sanidad ni instrucciones ni coordinación. Que cada cual se busque la vida. Y otra vez improvisando.
Contaba el gran Luis Carandell que, en las Cortes de Cádiz, el ingenio popular llamaba 'culiparlantes' a los diputados que nunca tenían intervención destacada alguna, limitando su actividad a levantarse y sentarse para votar lo que les indicaban los rectores de su grupo parlamentario.