El presidente del Gobierno está de gira europea. Su primera parada fue Holanda y salió trasquilado. El primer ministro holandés le dijo claramente a Sánchez que antes de pedir dinero mirara qué podía hacer en su propio país con las cuentas públicas y después ya se vería. Rutte fue muy claro. Si España necesita dinero del Fondo de Reconstrucción Europeo será en forma de préstamos y con unas condiciones muy claras. Además, el holandés y los otros países que apoyan su postura, no ven aún claro cuánto y cómo se repartirá ese dinero, que en principio y a modo de propuesta hizo la presidenta de la Comisión Europea y que ascendería a 750.000 millones de euros. "No va a ser fácil llegar a un acuerdo", dijo exactamente Rutte.
Así luce la bandera de España de la rotonda del barrio de Fuente Cisneros en Alcorcón. Me parece un insulto a la nación española.
A raíz de los desastrosos resultados obtenidos por Podemos en las últimas elecciones autonómicas, la portavoz de la Ejecutiva ha dicho que van a hacer una reflexión, ejercerán la autocrítica, pero que no se cuestiona el liderazgo de los dirigentes -incluída ella- porque "la realidad es compleja".
Las dos grandes novedades del recuento electoral en Euskadi y Galicia, tras las elecciones del domingo, son el hundimiento de Podemos y el rebrote nacionalista.
El poder otorgado por Sánchez a su "colega" Iglesias, tal es el trato que le dispensa, ha camuflado con la exhibición pomposa y continua del mismo una evidencia sostenida: el deterioro y mengua crecientes de su fuerza y representación electoral.
"No sé tú, pero yo..." decía el bolero que compuso Armando Manzanero y que cantó, entre otros, Luis Miguel.
Diez años después, un cierto nacional-pesimismo, derivado de la importante derrota de Nadia Calviño en el Eurogrupo, contrastaba vivamente con la nacional-euforia que embriagó a España cuando la victoria en el mundial de fútbol. Muchas cosas, no todas buenas, han ocurrido en esta década, que ahora se asoma, con dudas y temblores, a la batalla decisiva, la que ni el Gobierno, ni usted, ni yo, ni nadie en estos pagos, podemos perder: la de lograr esas subvenciones procedentes de Europa que sirvan para reconstruir económicamente el país. De la reconstrucción moral de una nación, que de esta no sale ni más fuerte ni más unida, ya hablaremos. Por lo pronto, nos enfrentamos a una semana que puede ser decisiva para la supervivencia del equipo de Sánchez. Y la batalla tiene como escenario esa Europa que acaba de abofetearnos en el rostro de Calviño.
A Pedro Sánchez no podemos desconocerle ni la laboriosidad en el empeño ni el tesón. Ni el valor. Ahora se va a lanzar a recorrer algunas de las capitales más hostiles a 'despilfarrar' (lo dicen ellos) los fondos europeos en países que, como España o Italia, no han hecho bien sus deberes (también esto es cosas de algunos portavoces 'austeros').
Tengo muchas ganas de ver lo que sale del encuentro entre el presidente español y su colega holandés, Mark Rutte. Y hasta qué punto se compromete la canciller Merkel, que es teóricamente quien manda en Europa y con quien Sánchez va a cenar esta semana, en la ayuda a los latinos. Si la jugada le sale bien a Sánchez, habrá demostrado que es capaz de cuadrar algunos círculos, aunque lo de Calviño no le haya salido bien por los pelos.
Claro que lo malo del Gobierno es el Gobierno. Dice el eurodiputado de Ciudadanos Luis Garicano, que de los europasillos sabe un rato, que la presencia de un vicepresidente como el secretario general de Podemos en un Ejecutivo de un Reino como el español alienta demasiadas dudas sobre la benevolencia con la que tratar a España en el seno de la UE. Y lo cierto es que la gira de Sánchez esta semana, en vísperas de una 'cumbre' europea que puede ser nuestra salvación o nuestra desgracia, se produce en un contexto muy diferente a aquella euforia tras la gesta de Vicente del Bosque y sus muchachos: con ataques a la jefatura del Estado desde la propia vicepresidencia del Gobierno, con dudas sobre la honorabilidad del mentado vicepresidente, con desunión entre las fuerzas políticas a la hora de abordar la reconstrucción, con descalificaciones a los medios desde el corazón del poder Ejecutivo*
Lo de Calviño, que es un puntal en este Ejecutivo frente a las trapisondas de otros, es, en efecto, un síntoma y un diagnóstico: en la UE se aquilatan mucho las cosas, se piensa bastante, aunque a veces no lo parezca, el próximo paso a dar. Y España aparece como un país algo desmoralizado, o sea, con moral relajada, aunque su presidente intente siempre ofrecer una imagen serena, sobre todo ahora que andaba de mítines por Galicia y el País Vasco, con averías de aviones incluidas.
No, no todo puede fiarse al encanto personal que, pese a todo, dobleces incluidas, pueda tener el presidente del Gobierno del Reino de España: se necesitan gestos que vayan más allá de lo hasta ahora actuado y contrapesen la falta de este encanto que puedan tener otros. Y el caso es que todos necesitamos que en este minuto a Pedro Sánchez le salgan bien las cosas, que no pierda esta batalla que, sépalo también la oposición, afecta al conjunto de los ciudadanos españoles. De nuevo, la batalla por ganarnos el corazón (y el bolsillo) de Europa; ¿se puede con estos mimbres?
La vicepresidenta y ministra de Economía, Nadia Calviño, no será presidenta del Eurogrupo. No es demasiado sorprendente. Ni Sánchez ni ella misma han trabajado con esmero y destreza su candidatura. El problema es que no pierde Calviño o Sánchez, pierde España. Dicen muchos que gana Iglesias. Eso se verá. Lo que es un hecho es que la posición de nuestro país se ha debilitado y tocará apechugar con lo que la mayoría decida sobre el millonario Fondo de Reconstrucción.
Poco imaginaban Urkullu y Feijóo que, en este segundo intento de celebrar las elecciones, se iba, nuevamente, a interponer el maldito coronavirus. Pero se da la paradoja de que, en las decenas de nuevos brotes que están surgiendo por doquier en toda España, dos de los más importantes afectan a Galicia y al País Vasco.
La credibilidad del Reino de España respecto a las malas prácticas del rey que fue (Juan Carlos I), de inexorable afectación al rey que es (Felipe VI), pasa por el desempeño de la Fiscalía del Tribunal Supremo en el proceso indagatorio abierto al llamado rey emérito después de que nos hubiera madrugado la Fiscalía del cantón suizo de Ginebra.
Si esa investigación acaba en la nevera, por interpretación de la "inviolabilidad" más favorable al ex rey, por prescripción de los presuntos delitos, o por cualquier otro burladero jurídico, tendremos dos problemas de credibilidad. Uno, el de la institución monárquica que, hoy por hoy, goza de un amplio respaldo social. Otro, el del propio sistema.
Respecto a la Corona, la ciudadanía necesita en estos momentos más que nunca saber que van a serio los compromisos de ejemplaridad, transparencia y rigor, pregonados por Felipe VI en su discurso de proclamación, tras la abdicación de su padre en junio de 2014. No basta con marcar distancias, como ya ha hecho la Casa Real.
Se echa de menos la voluntad firmemente expresada de colaborar con la Justicia y no obstaculizar cualquier vía parlamentaria que legítimamente quiera depurar eventuales responsabilidades políticas en lo ocurrido desde que el rey saudí donó 100 millones de dólares a don Juan Carlos (2008), hasta que once años después supimos por un fiscal suizo y un periódico inglés (2019) que esos 100 millones de dólares se habían convertido en cien millones de insultos al pueblo soberano.
Y respecto al sistema democrático que regula nuestras relaciones con los poderes públicos, la ciudadanía necesita en estos momentos más que nunca saber que los poderes del Estado se toman en serio el sagrado principio de la igualdad de todos ante la ley.
Mal empezamos si la vigente titularidad de esos 100 millones de dólares, la de Corinna Larsen, sirve para exculpar a don Juan Carlos de un descarado caso de prolongada ocultación de dinero a la Hacienda Pública española, camuflado tras una sociedad instrumental en un paraíso fiscal.
Es más que comprensible que al Presidente del Gobierno le causen perturbación las noticias que aparecen en torno al Rey Emérito. A muchos españoles también, con el añadido de que esta perturbación aumenta cuando concluye su declaración sin mostrar el apoyo del Gobierno a la Monarquía parlamentaria consagrada en nuestra Constitución.
Perturba a muchos, muchísimos españoles, comprobar como la sala de prensa del Palacio de La Moncloa, sede de la jefatura del Gobierno, nada menos que todo un vicepresidente, realiza una declaración, medida y estudiada, nunca vista en los cuarenta años de democracia. Perturba la declaración y perturba que el Presidente del Gobierno no se haya desmarcado de semejante intervención de manera inequívoca, con nombre y apellido como sí hizo la ministra de Defensa, Margarita Robles y la propia Vicepresidenta. Carmen Calvo fue más diplomática que su compañera de Gabinete pero se le vio con menos remilgos que al Presidente del Gobierno.
Perturba comprobar cómo para este Gobierno, o para más concreción, para su Presidente y su Vicepresidente, todo sea una conspiración. Es conspiración que un juez trate de averiguar qué ocurrió con la famosa tarjeta de la asesora de Iglesias que éste tuvo en su poder más de dos meses. Es conspiración que la Presidenta de Madrid muestre su preocupación, compartida por otros muchos, por los controles o ausencia de ellos en el aeropuerto de Barajas. Si todo es conspiración cabe preguntarse a qué se dedica el CNI que parece no enterarse de que vivimos en un país lleno de cloacas, golpistas y conspiradores.
Tiempo habrá de ocuparse con más atención de estas y otras cuestiones políticas que tanto perturban. Ahora, lo más inmediato, lo que más perturbación causa a cientos de miles de españoles, son los focos de nuevos contagios de una pandemia que continúa con nosotros.
Todos somos culpables, en mayor o menor medida, de que el virus se esté, de nuevo, extendiendo por nuestro país. Siempre he sido muy escéptica. Nunca me acabe de creer que de la pandemia íbamos a salir mejores, más responsables, más solidarios. ¡¡¡Qué poca memoria tenemos!!!. Ahí tenemos botellones clandestinos y no clandestinos, playas atiborradas, grupos sin distancia y, por supuesto, sin mascarilla. El riesgo cero no existe pero si todos fuéramos capaces de asumir la pizca de sacrificio que supone una mascarilla, las cosas irían mejor. Tendremos que elegir entre ser una sociedad responsable o una sociedad tutelada a la que hay que vigilar, y en su caso sancionar, para cumplir unas mínimas reglas de solidaridad.
Los poderes públicos, todos sin exclusión, deben olvidarse de discursos particulares. No puede ser que según donde estés tengas que llevar o no mascarilla. A estas alturas, el debate sobre su conveniencia es de perogrullo.
Ha habido muchos aplausos más que merecidos para nuestros sanitarios, conciertos solidarios.. lo que no ha habido es la visualización clara y contundente de lo que ha significado y significa la Covid-19, del sufrimiento de quienes lo han padecido. No estaría mal una campaña en esta dirección.
Pasado mañana se celebran las elecciones en el País Vasco y, en vísperas de la jornada de reflexión, han llevado a cabo un acto campaña en el cementerio de Vitoria, pintando de rojo el panteón donde reposan los restos de Fernando Buesa, asesinado con un coche bomba por ETA, hace poco más de veinte años.
Del funeral celebrado en Madrid, con presencia de los Reyes, en memoria de las miles de personas fallecidas a causa de la pandemia quedará en la memoria por la ausencia del Presidente del Gobierno. Es difícil sustraerse a la idea de que ha podido ser el temor a ser abucheado en razón de la deficiente gestión de la pandemia el factor que explica dicha ausencia. Una ausencia que conecta con otras. En los días del estado de Alarma tampoco se vio a Pedro Sánchez visitando algunas de las residencias geriátricas en las que se había cebado el virus o visitando -como lo hizo el Rey Felipe VI o la ministra de Defensa Margarita Robles- el hospital instalado en el recinto de IFEMA.
Sorprende, desde luego, la falta de empatía con la gente en momentos en los que lo estábamos pasando tan mal. Es llamativo que una persona tan pendiente de su imagen -ha creado en La Moncloa el mayor departamento de asesores que se recuerda- no haya tenido en cuenta que por encima del carácter religioso del acto, el funeral era la primera ocasión para rendir homenaje a los más cuarenta mil compatriotas fallecidos durante la pandemia. El improvisado viaje a Lisboa para almorzar con el primer ministro Antonio Costa, con el que había estado hace una semana cuando se abrió la frontera entre España y Portugal, sonó a excusa para no acudir al funeral.
España es un Estado laico, pero de muy arraigadas tradiciones religiosas. En nuestro caso, católicas. Con independencia de la naturaleza de las creencias particulares, una de ésas tradiciones acoge con solemnidad el adiós a los muertos. En la misa celebrada en la catedral de La Almudena estuvieron presentes algunos dignatarios de otras confesiones religiosas. Pero los protagonistas del acto eran los ausentes, los miles de fallecidos en el transcurso de la pandemia
El oficio de espía se ha simplificado mucho: basta robar el móvil al espiado. En él, en su tarjeta de memoria, se encuentra registrado, día a día, minuto a minuto, el papel que el usuario ha interpretado en la farsa de su vida social. Ésto, que suele carecer de interés salvo para los cotillas, puede, si la usuaria es coleguilla de un político, concretamente de un político durito de esos que va haciendo amigos por todas partes, devenir en un pifostio de mucho cuidado.
De todo el follón que se ha armado en torno al robo del teléfono móvil de una ex alumna y ex asesora de Pablo Iglesias, y de la posterior filtración de partes de su contenido, éste, el contenido, es, como cabía esperar, lo menos interesante, nada en comparación con la película de Serie B que los concernidos en el caso, y los que han querido concernirse, están montando sin que falte de nada: fiscales lenguaraces, abogados patidifusos, periodistas beligerantes, jueces mosqueados, perjudicados sospechosos, policías fulleros y demás personajes convenientes a la trama.
Como quiera que la destrucción a martillazos de los discos duros en el caso Bárcenas debió de crear escuela, no falta aquí tampoco la tarjeta de memoria achicharrada, y menos las sombra del achicharrador. Ahí aparece, envuelta en un misterio igualmente de Serie B, la borrosa silueta que algunos identifican con la del que se apalancó el móvil de la muchacha, sin devolvérselo en meses pese a su estrecha relación, cuando el artefacto apareció de forma tan oscura como novelesca, el antaño asaltacielos y hogaño vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. No se lo quiso devolver, dice, para no meterle "presión" a la politóloga, y apunta al malo de la película, el villano Viallarejo, como factor del plan urdido en las cloacas del Estado por la "policía patriótica" para hundir a Podemos.
Antes de que el fiscal Bertossa alimente la sensación de que la Justicia suiza nos ha madrugado en el lavado de los trapos sucios del rey emérito, miremos a la Fiscalía del Tribunal Supremo. Es el órgano llamado a "promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad" (artículo 124 de la CE), en el escandaloso caso de los 65 millones regalados hace ocho años por el entonces rey de España, Juan Carlos I, a Corinna para que ni a ella ni a su familia les faltase de nada, según sus declaraciones ante el mencionado fiscal jefe del Cantón de Ginebra.
En la Fiscalía del Supremo está la clave de nuestra credibilidad como sistema que consagra el principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Es verdad que el llamado rey emérito está aforado, como otros doscientos o trescientos personajes públicos (ministros, magistrados, diputados, etc), pero ese privilegio legal no le exime de ser juzgado si el correspondiente proceso indagatorio, ya puesto en marcha por la Fiscalía, detecta indicios delictivos de carácter fiscal.
Indicios delictivos hilvanados en un relato inverosímil sobre el camuflaje de dinero caliente ¿Dónde iba estar mejor guardado que en el regazo de Corinna, cuya residencia en Mónaco la hacía fiscalmente inaccesible?
Solo dos grandes verdades en dicho relato. Una es la constatación de que "el tren de vida de don Juan Carlos lo financia el contribuyente español". Otra, que "el rey era muy discreto con respecto al estado de sus finanzas". Aunque no estuviera en la intención de la declarante, los sesenta y cinco millones de euros son sesenta y cinco millones de bofetadas al pueblo soberano, por lo que suponen de escandalosa malversación de los principios de ejemplaridad y transparencia exigidos al primer mandatario del Estado. Y siempre sin perder la perspectiva de que salvar el Reino es más importante que salvar al rey.
La no descartable indolencia política y judicial respecto a la reprobable conducta personal del rey emérito perjudicaría a la institución. A este respecto me parece justa, necesaria y oportuna la actitud adoptada por el actual rey de España, Felipe VI, que marcó distancias con el rey emérito cuando los medios de comunicación y la justicia del país helvético desvelaron la trama societaria y financiera tejida en torno a las relaciones afectivas de don Juan Carlos y Corinna Larsen. En Zarzuela saben que salvar a la Corona es más importante que salvar a quien no supo servirla en los últimos tramos de su vida pública.
El compromiso del capitán de la nave con los hechos verídicos es, ejem, algo cuestionable, como bien saben quienes saben. Quizá ocurra que, a veces, el capitán quiere convencerse a sí mismo de algo que le gustaría que estuviese ocurriendo y, entonces, da la espalda a la realidad. Por ejemplo, esta semana, cuando ha repetido en varias ocasiones que la coalición que gobierna el buque, y que está a punto de cumplir seis meses de vida inestable, está 'consolidada'. Y, sin embargo, más de un observador que pretende situarse en la equidistancia podría pensar que, en realidad, la coalición se hunde. Y que el segundo de a bordo tiene mucho que ver con el riesgo de que la nave entera se vaya a pique.
Mal asunto cuando un segundo de a bordo tiene que hurtar su presencia de los foros públicos, de los micrófonos de los medios, porque algún 'affaire' embarazoso acapararía todas las preguntas y no hay tantas respuestas. Y peor aún cuando esas respuestas consisten en ataques a los medios, a otros partidos, a los jueces, a los policías corruptos. Todos tienen la culpa, incluyendo los delfines, de los quebrantos del segundo de a bordo y su familia.
Pero no es solamente el caso del culebrón. Es que el segundo de a bordo invierte la mayor parte de su ocupación en intentar parecerse al capitán, en ocupar muchas de sus funciones, en dar órdenes de virar rumbos de manera brusca, mientras la marinería se aterra: vamos hacia las rocas. Y, entonces, todo a estribor de nuevo. Una pérdida de energías. Y de tiempo. Porque lo que el segundo de a bordo pretende es que el buque, que es de carga, se dedique a la pesca. Y, cuando se pesca, que se transforme en nave para trasladar pasajeros. Érase un marinero que hizo un jardín junto al mar y ya se sabe: cuando el jardín estaba en flor, el marinero se fue por esos mares de Dios. Porque el marinero es más bien inestable, tornadizo, un poco camaleónico.
Claro que el capitán lo sabe. Ignoramos si duerme bien en su camarote, pero él, cuando tiene que dirigirse a la tripulación, asegura que todo está bajo control, que el segundo de a bordo le es fiel y que es muy útil para garantizar una buena travesía. Así que los que van en otros barcos, acompañados de gaviotas, niegan el auxilio al capitán hasta que no destituya al segundo de a bordo, como ha hecho en estos días el capitán de un país vecino.
Hay otras palabras para decirlo, pero el principal problema de la derecha política española es la división. Es una ceguera de políticos que desconcierta a sus votantes. Ahora mismo el voto de las opciones conservadoras se reparte entre el PP, Vox y Ciudadanos. Sus respectivos dirigentes saben que por separado nunca conseguirán alcanzar mayoría parlamentaria suficiente como para desplazar del Gobierno a la suma de los partidos de izquierdas y nacionalistas que apoyaron la investidura presidencial de Pedro Sánchez.
Se diría que se conforman con el relieve social político y mediático que les otorgan sus respectivas taifas. En la oposición no se vive tan mal; sin estar en el banco azul los políticos también tienen poder. Y a juzgar por las estrategias seguidas hasta la fecha tanto por Pablo Casado (PP) como por Santiago Abascal (Vox) y de manera un tanto contradictoria por Inés Arrimadas (Ciudadanos) han dado prácticamente por aplazada toda posibilidad de lograr la alternancia política.
El caso de Ciudadanos, es aparte. A su manera, al coquetear con el PSOE cuyos poderosa red de medios afines abren la puerta a olvidarse de la foto de Colón, Inés Arrimadas y Edmundo Bal están intentando salir de la irrelevancia parlamentaria a la que condenó al partido la hybris de Albert Rivera. Lo hace de manera contradictoria visto que Ciudadanos nació en Cataluña para combatir frontalmente a los independentistas y Sánchez ha renovado con ERC el compromiso de la Mesa para negociar la autodeterminación y a exigencias recientes de los separatistas también la amnistía para los condenados por el intento de golpe del 1 de Octubre de 2017.
El INE ha confirmado que la economía española se contrajo en el primer trimestre del año un 5,2% como había adelantado. Es importante anotar que el cierre de la actividad se produjo en la segunda mitad de marzo y que los datos que vamos a conocer sobre el segundo trimestre van a ser demoledoras. La AIReF pronosticó hace unos días una caída del PIB del 14% y el Banco de España superior al 20%. También han sido aterradoras las previsiones para 2020 de otros organismos internacionales como el FMI. El Gobierno, a pesar de esta realidad y de los avisos de los empresarios y autónomos, ha decidido extender los ERTE sólo hasta septiembre y seguir cobrando impuestos como si no pasara nada o casi nada. Hay sectores económicos que aún no han levantado la persiana, otros lo han hecho a medias y muchos no lo harán más.
Y el Gobierno no sólo no ha escuchado a los que componen el tejido productivo sino que juega con mandar el perverso mensaje de que va a subir los impuestos o reformar la reforma laboral. La excusa es la de siempre, que España recauda mucho menos que sus socios europeos. Sin embargo, la economía es justo lo último que necesita. Las empresas y los autónomos están funcionando a un ritmo lento, las ventas no levantan cabeza, los costes son altos y los mismos que cuando tenían actividad. Sería, por tanto, una locura subir impuestos, cotizaciones o introducir una mayor rigidez en el mercado laboral.
No por esperado el dato es menos preocupante: en el primer trimestre del año el PIB (Producto Interior Bruto) experimentó una caída del 5,2%. Es el mayor desplome en la secuencia histórica que mide las oscilaciones de la economía del país. Hasta ahora la mayor caída se había producido a principios de 2009 cuando el PIB cayó un 2,6%. La caída refleja la ausencia de actividad en los quince últimos días del mes de marzo tras la declaración del estado de Alarma y a luz de este dato los expertos calculan que con ser malo todavía será peor al desplome previsto para el segundo trimestre. Se habla de hasta un 20%.
El panorama no puede ser más desolador pues así que a finales de septiembre decaigan los ERTE la cifra del paro podría rondar los seis millones de desempleados. A nadie se le ocultan las tensiones sociales y políticas que puede provocar una crisis económica de semejante calado. Tensiones que aunque gobierne la izquierda, ni las afinidades con los sindicatos ni las complicidades de sus terminales mediáticas podrán evitar que tengan una plasmación en manifestaciones y movilizaciones de trabajadores a la vista del cierre de sus empresas. Lo hemos visto ya en Cataluña con los obreros de la factoría automovilística NISSAN y en Galicia con los de la fábrica de aluminio ALCOA. Por decirlo a la manera clásica, se prevé un otoño caliente
Con quienes más se ensaña el racismo es con los pobres. Casi podría decirse que es con los únicos que se ensaña. Los ricos siempre maldisimularon su idea de que los pobres eran algo así como una raza inferior, pero ahora resulta que los racistas son los Conguitos.
A la hora en que redacto estas líneas, no he oído ninguna gran noticia relacionada con alguna operación del Ministerio de Interior.
El decreto de la llamada nueva normalidad (medidas urgentes de prevención, contención y coordinación para hacer frente a la crisis sanitaria), será convalidado este jueves por una mayoría suficiente en el Congreso de los Diputados.
Siempre me ha parecido que las sesiones de control parlamentario al Gobierno quedan algo desfasadas y carecen de la calidad castelarina y de la grandeza de miras que les serían exigibles.
Mientras Pedro Sánchez no cambie de forma de pensar y no jubile la estrategia política que ha llevado al país al mayor grado de polarización de los últimos años no saldremos con bien de la crisis económica y social que nos deja como herencia la pandemia. Sí Sánchez deja de pensar como Sánchez -jefe de filas de un partido político- y cambia para actuar como Presidente del Gobierno de todos los españoles, las cosas mejorarían mucho.