Fliparían los enardecidos debeladores de Fernando Simón si, cayendo muy enfermos, su médico de cabecera les negara la baja laboral con el argumento de que sería lesiva para la empresa y, por extensión, para la economía del país. Bueno, eso en el caso de los debeladores que hayan trabajado alguna vez en su vida y que por ello estén en condiciones de imaginarse la situación.
El Gobierno sugiere que el arropamiento financiero de Europa puede ponernos en cabeza de la economía digital y verde, como en el pasado ocurrió en fibra óptica y en alta velocidad. Es su resorte argumental para sugerir que lo conseguido en Bruselas a escala europea, en nombre del diálogo y la unidad, debería conseguirse también a escala española.
Al ver el cariz que tomaban los acontecimientos en Cataluña, antes de la declaración unilateral de independencia, el "mediador, asesor, traductor", Iñigo Urkullu, decidió escribir un diario narrando cada encuentro, tanto con Puigdemont como con Rajoy. No fuera a ser que, como suele ocurrir, el que templa acaba cargando con las culpas.
La pandemia del coronavirus se ha traducido en materia de empleo en el peor dato de la historia. Durante el segundo trimestre del año, según el INE, 1,1 millones de trabajadores se fueron al paro. La economía estaba prácticamente cerrada, la población mayoritariamente confinada en sus casas y el resultado ha sido demoledor.
Parece que, entre los perversos efectos del virus que sigue azotándonos, se ha producido el agravamiento de una ruptura generacional de la que no puede culparse solo, ni principalmente, a la pandemia.
Con el retorno de las competencias de Sanidad a las Comunidades Autónomas el Gobierno ha debido pensar que, como en Bruselas, basta la "escucha activa" para combatir al coronavirus. Pero las cosas no son así cuando la Covid19 ataca de nuevo y la sociedad española está al borde un ataque de nervios.
Nadie parece entender la decisión británica de obligar a una cuarentena a los viajeros procedentes de España, pero eso es, seguramente, porque se intenta entender desde la racionalidad, un territorio por el que no suele transitar el gobierno de Boris Johnson.
Si te ocupan tu automóvil -y no lo encuentras, porque se lo han llevado- acudes a la Policía o a la Guardia Civil, das la matrícula, muestras tu DNI, aseguras que el automóvil es de tu propiedad, y no te exigen que lo demuestres, porque están convencidos de que no vas a ser tan gilipollas como para acudir a la representación de la Autoridad, y mentirles.
De mi repaso habitual de una docena de cabeceras periodísticas, una, de un diario malagueño, llama no poco mi atención: "la Costa del Sol exige al Gobierno que no solo luche por Baleares y Canarias".
Hace una semana comentaba el positivo impacto que el grandioso espectáculo de Puy de Fou en Toledo tiene sobre quienes tienen, hemos tenido, el placer de disfrutarlo. Un encuentro con nuestra historia contada, además, ¡que inaudito! Sin ponernos a caer del hermoso borriquillo que abre la función.
Dando por buenos los datos de nuevos contagios y hospitalizaciones que facilitan las Comunidades y el Gobierno (para lo que hay que tener mucha fe), somos, nuevamente, el peor país de Europa. En plena temporada turística y, cuando países como Noruega cierran sus fronteras a los españoles y Francia recomienda encarecidamente a sus nacionales no viajar a Cataluña, es imaginable pensar que se minimicen los datos.
Los numerosos brotes de coronavirus que están surgiendo por toda España han hecho sonar todas las alarmas. El Gobierno parece haber decidido mirar para otro lado y cargar toda la responsabilidad en las comunidades autónomas. Y así, ahora vemos cómo en cada una de ellas se toman medidas unilateralmente, cuando debería haber una mayor coordinación.
El primer ministro francés, Jean Castex, que no da un paso sin consultar con el presidente Macron, ha recomendado públicamente a los vecinos galos que se abstengan de visitar Cataluña este verano.
En el auto del Tribunal Supremo que, a instancias de la Fiscalía, ha venido en revocar las salidas semanales de la reclusa Carmen Forcadell, ex presidenta del Parlamento de Cataluña, se alude a "las gravedad del delito cometido" como criterio determinante a la hora de conceder beneficios penitenciarios. Con más motivo si ni siquiera se ha cumplido la cuarta parte de la pena.
Cuando, hace años, vine del banco y le dije a mi mujer que nos habían concedido la hipoteca, no me aplaudió, como le han aplaudido a Sánchez los componentes del Consejo de Ministros.
Pues señoras y señores, el curso político terminó -bueno, falta una comparecencia de Sánchez para explicar 'su' triunfo en la 'cumbre' de la UE- y, en mi opinión, el balance no justifica precisamente la tanda de aplausos con los que los diputados 'culiparlantes' obsequiaron este miércoles a sus líderes.
Es ya tradición en el Congreso de Diputados que sus señorías aplaudan a su jefe de filas. Lo hacen con razón o sin ella. La cosa es aplaudir para dar calor al jefe, aunque muchos de estos aplausos sean, en algunos casos, un tanto impostados.
Las instituciones europeas han dado un ejemplo a todos los ciudadanos con un acuerdo ambicioso para salir de la crisis, que es una ayuda muy importante, especialmente para los países del sur. Los lideres europeos han demostrado que se puede negociar desde posiciones absolutamente opuestas y llegar a acuerdos que dejan satisfechos a todos, incluso con una cierta insatisfacción general.
No es nuevo: los infectados asintomáticos son los que más contagian. Los sintomáticos suelen hallarse, por lo común, postrados por la enfermedad en sus casas o en los hospitales, derribados por la tos, la disnea y la fiebre, y no por ahí, haciendo vida normal de verano en plena pandemia.
Que Pedro Sánchez es el político español que mejor se asoma al abismo para de inmediato ganar tierra firme ya no cabe duda. Nos coloca al borde del infarto con su acción atrevida, a veces imprudente, nunca, es la verdad, carente de valor. Lo ha demostrado una vez más en la 'cumbre' europea para el reparto de los fondos de reconstrucción, que España -y el Gobierno de Sánchez, claro- tanto necesitan.
Los 27 llegaron finalmente a un acuerdo. Han sido cuatro días duros de negociación. El Fondo de Recuperación será de 750.000 millones de euros, se emitirá deuda conjunta y se dividirá en dos partes, más o menos iguales, entre transferencias directas a fondo perdido y prestamos a devolver.
Llevamos días de especulaciones acerca de un presunto 'anuncio' de Felipe VI sobre su padre, Juan Carlos I. Dicen algunos que el Gobierno presiona al monarca para que el llamado 'emérito' sea desposeído de su título de rey, algo insólito en nuestra Historia y con, me parece, difícil encaje jurídico. Otros hablan de que Don Juan Carlos debe salir ya mismo de La Zarzuela, expulsado de allí por su hijo, camino quizá del exilio, lo cual, a mi juicio, constituiría otra insigne barbaridad: estos no son los tiempos de Alfonso XIII. Entonces ¿de qué anuncio hablamos? ¿Habrá, por cierto, anuncio alguno?
Reconozco, cómo no hacerlo, el esfuerzo de Pedro Sánchez recorriendo las capitales europeas 'hostiles' a desembolsar en favor de España e Italia, entre otros, ese fondo europeo de reconstrucción, que este viernes será debatido cara a cara entre los mandatarios de la UE. Tengo que lamentar, en cambio, que el Gobierno, una de cuyas estrategias consiste en ganar tiempo, no dijese la verdad acerca de las dificultades que algunos países de la Unión ponían, y ponen, a permitir la puesta a disposición del Ejecutivo español de esa cantidad barajada de 144.000 millones de euros, que tanta falta nos hacen. Ahora, una vez que estas trabas de Holanda y otros países 'austeros' se han puesto claramente de manifiesto, Sánchez admite que 'tendrá que ceder' en el acuerdo sobre el fondo. Sí, pero ¿ceder en qué? ¿cuánto? ¿cuándo? Y sobre todo ¿con quién?
La excepcionalidad de la pandemia nos enfrenta a un hecho de lo más corriente: vivir comporta el riesgo de dejar de hacerlo. Retruécanos aparte, parece confirmarse con la multiplicación de los brotes que, en efecto, el haber apostado por la vida, esto es, por la movilidad, por la diversión, por el trabajo, por las relaciones sociales, por la economía, tras la pequeña defunción colectiva del confinamiento y el estado de alarma, nos ha vuelto a colocar a los pies del virus.